Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

20 diciembre, 2013
por MalditaLiteratura
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¿Quién me cuenta la historia?

Uno de los aspectos esenciales de una novela es lo que técnicamente se denomina “el punto de vista”. Habitualmente, el lector no suele reparar de forma consciente en ello, aceptando de buen grado la figura de un narrador, presente o disimulado, que es quien le cuenta la historia.
La forma más común de relatar es la que se denomina “un tercero omnisciente”, es decir, un narrador oculto que lo sabe todo sobre los personajes: lo que hacen, lo que piensan, lo que sienten, como si fuera un dios que tiene acceso a lo más recóndito de cada individuo. Es cómoda para el escritor, al que permite exponer todo lo que le interesa para el buen desarrollo del texto; y también para el lector, que no tiene que realizar ningún esfuerzo para complementar el discurso.
La evolución del arte literario trajo consigo el concepto de “espacio del lector”, que no es otra cosa que permitir que éste último participe en la creación del relato aportando, con su imaginación, aspectos de la obra como la fisonomía de los personajes, los ambientes en los que se desarrollan las escenas e, incluso, acciones que el autor insinúa pero no revela (elipsis). Un maestro de esta forma de escribir es Hemingway, quien se limita a recoger lo esencial de la narración, dejando al lector un gran espacio.
Otra forma de contar es en primera persona. El narrador, presente en los acontecimientos que se relatan, nos revela lo que ocurre a su alrededor, pero también sus pensamientos y sentimientos al respecto. Alguien dijo que esta forma de escribir es la más verosímil de las mentiras. Tiene la limitación de que el narrador no puede entrar a descifrar lo que ocurre en el interior de otros personajes.
En pocas ocasiones se utiliza la segunda persona. El narrador se dirige al personaje para expresarle lo que piensa. En “La fiesta del chivo”, de Vargas Llosa, el autor utiliza esta fórmula en algunos pasajes para hablar con la protagonista.
En “La muerte de Artemio Cruz”, Carlos Fuentes emplea todas las formas. Partes del relato son contadas por un tercero, en otras es el narrador quien se dirige al personaje y, finalmente, las hay relatadas por el protagonista en primera persona. Exige del lector un cambio continuo de planteamiento que resulta muy interesante.
En mi estilo literario busco contar la historia de forma objetiva (lo que denomino un testigo-cámara). A modo de crónica, muestro los hechos sin opiniones y sin adjetivos, huyo del maniqueísmo y no me posiciono ni califico los acontecimientos para no manipular al lector y permitir que éste, por la fuerza de las acciones, complemente el texto con sus propios sentimientos. Es una forma complicada de escribir, que puede resultar fría y exigente para el lector, pero que me parece la más honesta.
Como vemos, hay una pluralidad de formas de contar una historia.
Y tú, ¿cuál prefieres?

12 diciembre, 2013
por MalditaLiteratura
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¿Cómo dices que se llama?

En una obra muy peculiar, “Tristam Shandy”, de Laurence Stern, el padre de Tristam reflexiona sobre la importancia que el nombre de una persona tiene para su futuro y cómo condiciona su destino. Lo hace en tono serio pero con un evidente trasfondo irónico que despierta la sonrisa.
Cuando escribes una novela de ficción, una de las primeras cuestiones a las que te enfrentas es nominar a los personajes. Es una tarea delicada, porque en ella tienes que tener en cuenta varios aspectos, tanto de forma como de fondo.
En cuanto a la forma, deben evitarse, en lo posible, los nombres que empiecen con “a” y los que terminen en “ia”, para evitar la cacofonía. Téngase en cuenta que muchas de las palabras en nuestro idioma empiezan y terminan en “a”, con lo que podemos encontrarnos con frases como “entregaba a Alberto”, que obliga al lector a una sucesión de sonidos idénticos que resulta poco agradable. Lo mismo cabe decir de la terminación “ia”, por coincidir con muchos verbos: “María tenía”.
Este desagradable efecto cacofónico me llevó a cambiar el nombre de los protagonistas de “La espera”, que inicialmente se llamaban Álvaro y María, por los de Diego y Rocío. Lo malo fue que lo hice cuando ya tenía terminada la historia y “rebautizarlos” me supuso aceptar mentalmente el cambio, porque en mi cabeza los identificaba con sus primitivos nombres.
Respecto al fondo, si bien en la vida real aceptamos que una persona pueda tener un nombre que no concuerde con su personalidad, en la literatura es conveniente evitarlo, porque sirven para dar pistas al lector sobre la época en que se mueve el personaje, su condición social, su carácter, etc., dotándolos de una identidad que sea aceptable para quien se enfrenta a la historia.
En “La cara oculta de la luna” los personajes de origen árabe tienen un nombre que manifiesta su personalidad. Así, Kadar significa “poderoso” y Mâred, “rebelde”. El personaje de Edmundo quiere representar a cualquier persona de los millones que habitamos la tierra y sea víctima del infortunio.
Si la obra gira en torno al personaje más que sobre la acción, debe tener la fuerza suficiente para que, si alcanza notoriedad, pueda ser recordado por los lectores. ¿Quién no conoce a Don Quijote?
También puede el autor buscar un contrapunto mediante la elección de un nombre que resulte chocante con el personaje. En mi obra “Disparando en la oscuridad”, un secundario, que es el vigilante del aparcamiento de un casino, se llama “Arcadio Satrústegui”. Un nombre muy pomposo para un hombre tímido e indeciso.
Así que la elección de los nombres no es cuestión baladí y requiere mimo por parte del autor para que el lector los acepte en su imaginación.

6 diciembre, 2013
por MalditaLiteratura
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¿Un método para escribir?

Al calor de un buen gin-tonic, charlaba el otro día con un amigo sobre temas literarios. Es un buen lector y, de hecho, en varias ocasiones ha leído mis obras antes de ponerlas en circulación.
Me confesó que lleva un tiempo escribiendo una historia, de la que me hizo una breve sinopsis. Le felicité por la originalidad del planteamiento y lo interesante que sonaba. Comentamos algunos detalles y me sentí trasladado a aquellas tertulias literarias de las que todos hemos oído hablar, pero que la gran mayoría no hemos visto más que en películas de época.
Metidos en la conversación me hizo una pregunta fundamental: ¿cuál es el método que hay que seguir para escribir? Puede parecer paradójico que, tras más de cien folios escritos, me haga ahora esa pregunta, pero, si lo pensamos bien, tiene todo el sentido del mundo. Ahora, cuando ve que su relato va tomando forma y creciendo, es cuando cree de verdad en la posibilidad de que se convierta en una novela y le asalta la duda de cómo afrontar el reto.
Lo primero que le dije es que desechara esa imagen de escritor de película que se levanta una obra maestra de un tirón, dándole a la techa día y noche. Esa idea es muy romántica, pero no suele corresponderse con la realidad. Italo Calvino decía que sólo, tras muchos años de escribir, había conseguido que algunas cosas le salieran a la primera.
A continuación le comenté que no hay un método estandarizado. Cada escritor tiene el suyo, si bien, lógicamente, hay ciertos parámetros habituales. Para explicarle mejor el asunto, le indiqué que hay que empezar distinguiendo dos cuestiones: una cosa es la historia y otra cómo la cuentas. Grandes historias han caído en el olvido por no estar bien contadas; y, a la inversa, historias mediocres, de las que te olvidas con facilidad cuando las has terminado, se han convertido en libros de éxito por lo bien construidas o relatadas que están. Por ejemplo (y aquí me voy a convertir en un blasfemo), García Márquez atesora el gran talento de ser capaz de contarte una historia que, a priori, no parece interesante, con tal belleza que “te bebes las páginas” hasta llegar al final.
Sentado este principio, le expliqué que mi método consistía en escribir primero la historia sin preocuparme demasiado de los aspectos formales. Lo importante es que los personajes se muestren, me cuenten sus vicisitudes, yo consiga comprenderlos y sepa a dónde van. Este proceso, que para mí es el más placentero, no suele llevarme mucho tiempo. Siempre que pueda darle continuidad a la escritura, en uno o dos meses puedo “despachar” la historia.
Alguien pensará: Bueno, pues ya está escrito el libro. Y la respuesta, al menos en mi caso, es rotundamente negativa. Al contrario. Ahí es donde hay que empezar a escribir. Suponiendo que la estructura que había previsto para la historia sea idónea y no me obligue a empezar de nuevo, en la primera revisión complemento la documentación y la información que quiero proporcionar al lector, procurando cerciorarme de que el personaje no cambia de nombre, de color de ojos o de registro, que cuadren las fechas, los lugares, la ambientación o cualquier otro detalle. Ahora puedo contar una anécdota ocurrida con “La cara oculta de la luna”. Después de que decenas de personas la hubieran leído, una amiga (Teresa), me hizo reparar en que, en una escena, entraba un personaje y salía su hermano. Ni yo ni nadie nos habíamos dado cuenta del gazapo.
Una vez concluida esta fase, paso a “redondear” las escenas, procurando que la mayoría de ellas tengan su propia intriga y tensión. Esto lleva a modificarlas, cambiarlas de ubicación e, incluso, suprimirlas, lo que, a su vez, obliga a recomponer el texto para que no se quede cojo o se vaya por caminos distintos a los previstos. Es trabajo de relojero.
Cuando ya se ha ordenado la historia y se ha procurado que el lector pueda mantener la curiosidad y el interés durante la lectura, entonces toca ocuparse de la prosa. Para ello utilizo el método del maestro Flaubert, consistente en leer en voz alta cada párrafo para escuchar su sonoridad y evitar tropiezos o repeticiones. Es una labor lenta y tediosa en grado sumo (a veces, puedes estar una tarde entera con una página) pero necesaria para la composición.
Finalmente, una vez que he revisado todo lo anterior, meto la obra en un cajón y me olvido de ella durante meses. Entretanto escribo otras cosas. Al cabo de un tiempo, la rescato y la leo con los ojos de un lector. Si la obra me entretiene, si me pide seguir leyendo, si me convence, entonces puedo sacarla a la luz. Si no es así, como le pasó a la segunda versión de “La cara oculta de la luna” o a la primera de “La espera”, vuelven al cajón hasta que tenga ganas de reescribirlas desde el principio.
Así que, desde la primera idea hasta la decisión de publicar, pueden pasar años.
Como terminé diciendo a mi amigo, este es mi método y cada uno es libre de utilizar el que le parezca más conveniente.

28 noviembre, 2013
por MalditaLiteratura
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Adiós, glamour, adiós.

Confieso que siempre he sido un idealista y un soñador. Tal vez por eso nunca me hice rico.
En mi idealismo, siempre he tenido la convicción de que el artista vive en otro mundo, alejado de la realidad material, a la que incluso desprecia, concitando un atractivo especial que le sitúa por encima de los comunes mortales. Influye en ello mi devoción por todas las manifestaciones artísticas, mi admiración por quienes son capaces de “crear” otros mundos, mi fascinación ante la belleza, mi sublimación ante la capacidad de transmitir sentimientos e imágenes que sólo existen en la mente del autor.
Seducido por ese ideal, a lo largo de mi vida he buscado la forma de expresar mi concepción del mundo y de la vida. Primero fue a través del dibujo. Aunque gané un premio siendo muy chico, el tiempo me demostró que carecía de la cualidad necesaria para trasladar a un lienzo lo que mis ojos percibían. Después, de forma muy intensa, me dediqué en cuerpo y alma a la música, a la que consagraba gran parte de mi tiempo, en detrimento de mis obligaciones escolares. Conseguí un cierto nivel, pero me faltó la determinación necesaria (o me sobró cordura) para lanzarme a intentar vivir de ello. Después vino la realidad de la vida: mi profesión, la familia, la hipoteca,… y ya sólo podía disfrutar del arte ajeno, lo que siempre seguí haciendo. Al cumplir los cincuenta, decidí que era el momento de escribir, sin más propósito que ahondar en mi interior para extraer mi mundo imaginario, desconociendo la realidad literaria.
Unos años más tarde, debo confesar que ciertos hechos sacuden a diario mi ideal del arte, arrostrándome a una realidad prosaica y carente de toda mitificación.
La primera ocasión en que me quedé desconcertado ante mi utopía del mundo artístico fue en una entrevista que vi en la televisión, hace ya unos cuantos años, a Camilo José Cela, posiblemente con ocasión de algún premio. En ella contaba una anécdota que, si no me falla la memoria, era así: cuando consiguió que le publicaran su primera novela, “La familia de Pascual Duarte” (1942) se acercó a la Casa del Libro, en la Gran Vía madrileña, con la intención de saber si su obra era adquirida. Merodeando alrededor de la estantería donde se encontraba su libro, un señor cogió un ejemplar. Cela lo siguió y, cuando el cliente ya estaba en la calle, lo abordó para confesarle que él era el autor y ofrecerse a firmarle la copia que había adquirido, a lo que el comprador, sin mucho ánimo, no se opuso.
Al escuchar la anécdota, además de reírme por la gracia con la que Cela contaba las cosas, me resultó chocante que un escritor actuase de esa forma, pero lo atribuí a la especial personalidad del autor.
A medida que voy conociendo el mundo literario, me doy cuenta de que esto no es más que un negocio. Una industria en la que sólo preocupa la cuenta de resultados, sin importar para nada la calidad literaria. Las grandes editoriales, que son las que dominan el mercado, sólo buscan vender, aunque sea basura, sin interesarles lo más mínimo el arte.
El colmo de toda esta degradación ha sido enterarme a través del blog de Jeremy Williams (que recomiendo por sus siempre interesantes artículos), que en Italia se está emitiendo un “reality show” donde, escritores nóveles, concursan para conseguir que les publiquen su obra. Al parecer, la primera prueba consiste en convencer a un agente literario para que represente al autor ¡en un ascensor!
Cada uno es muy libre de concebir la literatura como quiera, pero me parece que esto sólo puede calificarse de prostitución pura y dura. La humillación a la que se somete a los autores para entretener a la audiencia es lo más alejado que puedo concebir de mi ideal del arte y de mi admiración por los artistas.

22 noviembre, 2013
por MalditaLiteratura
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¡No me lo puedo creer!

Por increíble que parezca, el lector de un texto de ficción suele ser mucho más suspicaz e incrédulo en la lectura que en su vida real. No todo se lo cree. Ni siquiera cuando lo que el autor cuenta es veraz. Acepta una mentira verosímil; lo que no tolera es una verdad inverosímil. Y esto, en literatura, puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso de una novela.
Pero vayamos por partes. Existen dos conceptos que conviene diferenciar: la veracidad y la verosimilitud. Parecen lo mismo, pero no lo son. Según el diccionario de la RAE, la veracidad es la cualidad de veraz, que tiene aquel que dice, usa o profesa siempre la verdad; en tanto que la verosimilitud es la cualidad de verosímil, que es lo que tiene apariencia de verdadero.
Dicho lo anterior, permítanme que les cuente dos anécdotas:
Viviendo en Madrid, fui en viaje de trabajo a Huatulco, estado de Oaxaca (en donde no había estado jamás), en la República Mexicana. Visitábamos un centro de formación del sector turístico y un señor, al que me acababan de presentar como Gerente del mismo, me preguntó:
– ¿Tú eres José Luis Abascal?
– Sí. – le contesté.
– ¿José Luis Abascal Jiménez?
– Así es.
Se trataba, ni más ni menos, de un compañero de estudios (Guillermo) que tuve en mi colegio (el Colegio Madrid) de la capital mexicana, cuando vivía ahí, más de treinta años antes. Guillermo residía en ese momento por motivos de trabajo en la preciosa Huatulco.
En otra oportunidad, estando de viaje por Andalucía, fuimos a comer al faro de Cádiz. Hablando con mis dos acompañantes, noto que se levanta un señor de una mesa próxima, al que no había visto jamás, se me acerca y me pregunta lo mismo: ¿tú eres José Luis Abascal? a lo que contesto afirmativamente. Entonces se identifica. Era un abogado gaditano (mi amigo Javier), con el que había tratado diversos asuntos profesionales, pero siempre por vía telefónica. Ante mi asombro, me dijo que me había reconocido por la voz.
A cualquiera de ustedes estas anécdotas les podrán parecer llamativas, pero nadie dudará de su veracidad. Y hacen bien, porque son rigurosamente ciertas.
Ahora bien, si yo incorporara cualquiera de estas situaciones en alguna de mis novelas, el lector diría: “éste me está tomando el pelo”. No le resultaría verosímil.
El autor de ficción tiene que ser muy cuidadoso con los acontecimientos del relato, especialmente si conllevan un giro en la historia, porque el lector puede perder en ese momento la credibilidad en el texto y cerrar el libro para siempre.
En la vida real cabe la casualidad; en la ficción, no. De ahí la enorme dificultad de crear una historia que resulte verosímil en todo momento, hasta el punto de que el lector la sienta verdadera y la haga suya. Ese es el reto de un buen escritor.

15 noviembre, 2013
por MalditaLiteratura
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¿Estamos locos o qué?

“Para ser escritor hay que estar loco”, tiene escrito el maestro García Márquez. No sabemos si se refiere a que los esfuerzos y carencias del escritor tienen poco premio en la mayoría de los casos o a que debe uno padecer un trastorno mental para ser capaz de concebir historias de ficción, convertirlas en una narración y, encima, tener el valor de exponerlas al público.
De la primera acepción no hay duda. Quien escribe la tiene asumida y es tan cierta que no creo que mereciese la reflexión del artista. Más bien deduzco que estaba pensando en que, quien busca dedicar su vida a escribir (no por mero pasatiempo), debe tener un tornillo flojo. De ello hay múltiples antecedentes. Recordemos algunos.
La depresión afectó a Lord Byron, a Hölderin (de quien se dice padecía esquizofrenia) y a Hemingway, que se marchó de este mundo por la vía rápida. Trastorno bipolar padeció Virginia Woolf, que la condujo también al suicidio. Más leve puede calificarse la agorafobia, una enfermedad que genera episodios de pánico cuando el enfermo se encuentra en lugares públicos o con aglomeraciones, que impidió a la premio Nobel de literatura de 2004, la austríaca Elfriede Jelinek, asistir al acto de entrega.
No se trata aquí de hacer un catálogo de las posibles enfermedades mentales que acechan al escritor, ni de intentar diagnosticar cuál es la causa que conduce a tales desequilibrios, pero sí de recalcar que, a mi juicio, hay ciertas condiciones que propician estos comportamientos.
En primer lugar, la obsesión por mundos de fantasía, tan alejados de la realidad en muchos casos, en donde el escritor se encuentra cómodo. Es su hábitat natural. Ahí ocurren las cosas que pergeña su imaginación, encuentra a los personajes que pueden vivir esas situaciones y, normalmente, ni él (o ella) mismo sabe qué va a ocurrir.
En segundo lugar, el aislamiento que suele manifestar el escritor. Es muy difícil crear una historia en un mundo lleno de alboroto, que nos altera física y emocionalmente con su trajín diario. El escritor se convierte en un anacoreta de las letras.
En tercer lugar, la enorme dificultad de trasladar a un texto los sentimientos, pensamientos y ensoñaciones del escritor. Decía Goethe que «Pensar es fácil; actuar, difícil; transformar los pensamientos en actos es lo más difícil.» Las palabras traicionan al escritor y, sin embargo, no puede vivir sin ellas.
Finalmente, la intangibilidad propia de la creación artística, tan sometida a la subjetividad de los destinatarios (los lectores, en este caso), a la incomprensión de los críticos y al fracaso que conlleva no encontrar un editor o que las ventas no respondan.
Seguramente hay más. Pero basten estas para poner de manifiesto los riesgos a los que se enfrenta quien, llamado por su vocación o devoción, pretende dedicar su vida al oficio de escritor. Quedamos todos advertidos.

7 noviembre, 2013
por MalditaLiteratura
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Sobre la obra “Los crímenes de un escritor imperfecto”.

El miércoles pasado terminé de leer la novela mencionada en el encabezado, formando parte de un grupo de lectura conjunta. El autor es Mikkel Birkegaard y, a primera vista, podría encuadrarse dentro del movimiento de novela negra escandinavo, tan de moda en los últimos años.
La trama versa sobre un escritor de novelas de intriga y terror que se ve envuelto en una extraña situación. Alguien copia los crímenes que él relata en sus libros, asesinando a las personas que los inspiraron. Por temor a que la policía lo involucre, decide afrontar él solo la investigación para descubrir al asesino, lo que conducirá a un final sorprendente y macabro. Hasta aquí lo que puedo comentar sobre la trama sin impedir que un futuro lector descubra la historia por sí mismo.
Como decía, a simple vista podría ser un título más de un género, el denominado de novela negra, que siempre estuvo ahí, pero que ha reaparecido con una fuerza inusitada en los últimos años. Pero Birkegaard, una vez que nos demuestra que domina la técnica, quiere innovar en el género y termina haciendo un “colage” entre novela detectivesca y de terror, que puede no satisfacer del todo a los seguidores puristas de cada una de estas temáticas. Esta peculiaridad es de agradecer. El autor arriesga explorando caminos poco transitados.
Aunque de menor originalidad, también resulta atractivo que el investigador sea el propio escritor. Estamos acostumbrados a que ese papel lo desempeñen policías, detectives privados, periodistas e incluso abogados (sobre todo, en Estados Unidos); pero que sea el propio escritor es menos frecuente, entre otras cosas, porque se supone que debe permanecer al margen de los hechos, sin implicarse a la hora de relatar la historia, adoptando el papel de cronista más que de autor. Este es el caso, por ejemplo, de Truman Capote en “A sangre fría”, primera en su estilo.
Pero, a mi juicio, la obra va más allá. No he leído otras del mismo autor, por lo que ignoro si su intención, consciente o inconsciente, es criticar precisamente a los autores que se limitan a “fabricar” libros para satisfacer a sus lectores, sin ninguna pretensión literaria; y, de paso, a los consumidores de esa literatura fácil, nada exigente ni comprometida, que sólo busca entretener y proporcionar emociones que conectan con los instintos más básicos. Quiero creer que es así y que el giro de la historia en su desenlace vendría a ratificar la condena de Birkegaard a este tipo de literatura.
En cuanto a la técnica narrativa, emplea una apertura “in media res”, para, mientras nos conduce al desenlace, contarnos todos los antecedentes que nos permitan comprender la situación; para ello, como es lógico, intercala las regresiones (o flash back) con el avance de la trama. Es habitual emplear este método. Pocos son ya los casos de relatos cronológicos. El autor administra bien la historia para que los tiempos converjan en el momento adecuado y caminen juntos al desenlace.
Con este esquema afronta el relato desde el punto de vista del propio escritor, es decir, en primera persona, lo que le da mayor verosimilitud, sorteando con éxito la dificultad del final que nos propone.
El ritmo es bueno en general. Sobre todo en la primera parte; intercala tramas a corto para que el lector no decaiga, pero en la segunda parte, cuando ya está centrado, a veces lo ralentiza en exceso mediante aburridas descripciones del ambiente, que sólo sirven para rellenar, pero no para aumentar la tensión narrativa.
En el tono falla también en momentos clave. Resulta melodramático en ciertas reacciones del protagonista, que desconciertan al lector. Por otra parte, le faltan algunas gotas de humor que permitan, en momentos puntuales, rebajar un poco el tono de tragedia griega del que está impregnado el texto.
Los personajes son correctos. Sin más. Es cierto que el autor no parece buscar la empatía del lector con el protagonista, lo que es de agradecer, pero resultan poco atractivos, repetitivos en sus conductas, previsibles y, a veces, desconcertantes por lo exagerado de sus reacciones.
La ambientación no aporta nada. Salvo que uno viva en Dinamarca, que es donde se desarrolla la acción, o se detenga a recrearse en ellos, el lector no logra “ver” los escenarios. Es lo esperado en un relato de este género, donde todo debe estar al servicio de la intriga.
La prosa es correcta, eficaz y actual. Cumple bien su papel y encaja con el relato y los personajes. En algunos momentos resulta excelente, sin abusar del lenguaje literario. Una frase me gustó especialmente. En un diálogo entre el protagonista y su ex-mujer, refiriéndose a las palabras de ellas, dice que las soltaba “como pequeñas granadas de mano envueltas en algodón”.
Una advertencia: no es libro para almas sensibles. Es duro y en algunos momentos puede llegar a repugnar, porque el autor no se guarda nada, lo muestra todo y con pleno lujo de detalles. No complacerá a quienes gustan de historias amables. Pero no debemos olvidar que la función de la literatura como arte no es complacer al lector, sino exponerle otras realidades, otras formas de entender la vida, otras experiencias, aunque no le gusten, para así enfrentarlo a la realidad de un mundo complejo. El lector puede así conocer y entender, aunque no llegue a comprender por la distancia que media entre los personajes y su propia personalidad.
En conclusión: aunque haya un cierto desequilibrio – la historia está por encima de la narración – , recomiendo su lectura. Sobre todo por su fondo: cómo la obsesión del escritor puede conducirle al mayor de los sufrimientos.

31 octubre, 2013
por MalditaLiteratura
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Bailando una novela.

Decía Julio Cortázar que existen dos clases de escritores: los que componen música clásica y los que tocan jazz. Los primeros son los que estructuran su obra de la forma más completa posible antes de escribir, mediante sinopsis, esquemas, puntos de inflexión, fichas de los personajes, etc., mientras los segundos improvisan y desarrollan la obra a golpe de inspiración.
Esta analogía entre música y literatura no es infundada. Ambas modalidades artísticas comparten muchas más cosas de lo que pudiera parecer a simple vista. En ambos casos, el autor cuenta una historia. Usando las notas o las palabras, construyendo frases en ambos casos, nos transmite sus emociones y su forma de entender la vida.
La historia, narrada o instrumentada, comparte dos elementos básicos: el ritmo y el tono. En el caso de la música, a nadie escapa que el ritmo puede ser lento o rápido, con multitud de matices intermedios; el tono, mediante una nota dominante, llamada tónica, permite armonizar otras notas. En el caso de las partituras, se utiliza la denominación “clave” para establecer cuál es la nota que determina la entonación.
En cualquier texto literario ocurre igual. Si queremos que el ritmo sea rápido, utilizaremos frases cortas, unidas por puntos seguidos. Con ello conseguiremos que el lector no se atasque en la lectura y avance con rapidez en el desarrollo narrativo. Si, por el contrario, nos interesa ralentizar el ritmo (pues un buen texto tiene, al igual que una pieza musical, que disponer de cambios de ritmo), emplearemos frases subordinadas, pasajes descriptivos, etc.
Respecto al tono, todos sabemos que existen tragedias, dramas y comedias. La tragedia relaciona al sujeto con algo que no está a su alcance, que le supera, respecto de lo que no puede disponer por ser superior a él, como Dios, la naturaleza, lo sobrenatural o la locura. La tragedia provoca sufrimiento, físico y/o psicológico, y su solución escapa a la voluntad del individuo.
El drama es genuinamente humano. Relaciona al sujeto con otros de su misma especie en una trama en donde convergen acciones y emociones. Es, por tanto, un conflicto entre iguales, que puede resolverse en cualquier sentido. Genera el sufrimiento que resulta de la tensión emocional, de la empatía o identificación con quien padece la injusticia y del deseo de que el personaje salga victorioso.
La comedia es onírica; busca el divertimento a través de situaciones que se resuelven de forma ilógica, incluso absurda. Aquí es esencial que sea desenfadada y alegre en la exposición. Lo importante no es como se resuelve el conflicto, sino cada una de las tesituras a las que se somete al actor.
Para mi gusto, una buena narración tiene que contar con cambios de ritmo y de tono. De esta forma, el lector obtiene sensaciones distintas a lo largo del texto y su experiencia es más rica y placentera.

25 octubre, 2013
por MalditaLiteratura
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La moda literaria.

¿Se puede hablar de moda literaria? Según el diccionario de la RAE, “Moda es el uso, modo o costumbre que está en boga durante algún tiempo, o en determinado país, con especialidad en los trajes, telas y adornos, principalmente los recién introducidos.” Define “modo, como el aspecto que ante el observador presenta una acción o un ser” y también como la “forma variable pero siempre determinada que puede recibir un ser, sin dejar de ser el mismo.” La moda en literatura puede identificarse por la propensión de los autores hacia relatos de una temática similar o la de los lectores por la búsqueda de historias con determinadas características.
No debemos confundirla con el gusto literario, que es subjetivo. Cada persona, a la hora de leer, tiene sus preferencias en género y subgénero, en autores e, incluso, en presentaciones editoriales. El gusto personal puede estar influido o no por la moda que se imponga en cada momento en la literatura. Tampoco debemos identificarla con movimientos literarios o con generaciones de escritores, que son fenómenos distintos.
La literatura es mucho más que entretenimiento. Es un espejo donde se mira la sociedad en cada época. Hay una correlación entre los temas que abordan los novelistas y las inquietudes de la sociedad. De ahí que surjan modas.
Cuando el ciudadano de a pie no tenía la facilidad de viajar que existe actualmente, relatar lo que un escritor sabía o descubría de otros sitios o culturas era una manera de adquirir conocimientos que, de otra forma, era inviable. Los libros de viajes y las novelas costumbristas estaban de moda.
A medida que el mundo fue avanzando y desprendiéndose de la hipocresía moral, la curiosidad nos llevó a los autores autobiográficos y sus vivencias más íntimas en obras como “El almuerzo desnudo”, “On the road”, “Trópico de cáncer”, etc. para darnos cuenta de que no éramos tan raros y animarnos a ser más auténticos.
Con García Márquez, Rufo y otros autores latino-americanos nace el famoso “realismo mágico”, una ventana que, para los lectores de otras culturas, resulta fantasiosa y sugerente, posibilitando el acercamiento de los pueblos. En paralelo se abre paso la política-ficción (Orwell, Huxley) y la ciencia ficción (Asimov, Dick), para dibujarnos un futuro protagonizado por la ciencia y la tecnología.
¿Cuál es la situación al día de hoy? Hay ciertos géneros que predominan en la novela actual: histórica, negra, romántica, erótica y fantasía con inclinación al terror o mundos irreales. Pueden parecer dispares, pero tienen en común que sus textos nos permiten escapar de una realidad asfixiante (basta ver un telediario), aburrida por previsible, artificial y manipulada; relatos con los que sentir, soñar, descubrir conspiraciones o sumergirnos en mundos más o menos oscuros.
Son, hoy, los temas de moda en la literatura.

18 octubre, 2013
por MalditaLiteratura
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La literatura, ¿arte o negocio? (2ª parte).

El escritor puede buscar el éxito fácil, contentando a los lectores, o tratar temas más complejos y componerlos de forma original, aún a costa de que no guste a la gente. En el primer caso, prima el negocio. Se escriben libros como se pueden fabricar coches. En el segundo, lo que se pretende es innovar, crear de otra forma. Y, si después llega el éxito, pues magnífico, pero no es ese el objetivo.
La línea que separa ambos conceptos, arte o negocio, es muy fina y no necesariamente tienen que contraponerse de forma radical. Casi todos los escritores buscan maravillar y maravillarse, al tiempo que conquistar la gloria y la riqueza, pero no todos adoptan la misma actitud para ello ni priorizan esos objetivos de la misma manera. Veamos ejemplos concretos: Kafka pidió a su amigo Max Brod que destruyera toda su obra al morir. Joyce tardó ocho años en escribir “Ulises” y su objetivo, tal y como confesó, era dejar a la crítica discutiendo los dos siglos siguientes acerca de lo que había querido hacer. Cela, según se dijo, concibió “Madera de boj” para que en la Academia sueca se dieran cuenta de que también sabía escribir a un alto nivel. Patterson ha llegado a escribir diez novelas en sólo un año, siendo el autor que más ingresos recauda. Aquí hay cuatro modelos: el que escribe para sí; el que escribe para la crítica; el que escribe para el reconocimiento público; y el que escribe para ganar dinero. Ahora, pregunto a lector: si escribes o fueras escritor/a, ¿con cuál de estas actitudes te identificas más?
En cualquier caso, escribir es una vocación. Si se siente, tarde o temprano, hay que enfrentarse a un folio en blanco para dar rienda suelta a lo que bulle en la cabeza y el corazón. Al principio, cuando se escribe la primera novela, el novel no se plantea nada de lo que aquí se comenta. Bastante tiene con ser capaz de hilvanar una historia y contarla de una forma más o menos ordenada e interesante. Pero, a medida que va desarrollando su «carrera literaria» (sea o no remunerada), inexorablemente tendrá que enfrentarse a estas cuestiones, porque de ello dependerá los temas que elija, cómo construya las historias, la prosa que emplee, el punto de vista desde el que las cuente e, incluso, el final que quiera darles. Ahí empiezan las tentaciones de escribir lo que realmente se quiere o ser complaciente con los lectores. En la literatura de los años sesenta, autores como Cortázar (“Rayuela”), Borges («El Aleph») o Carlos Fuentes («La muerte de Artemio Cruz”), buscaban nuevas formas de construir y relatar una historia, jugando con los aspectos que señalados anteriormente, con una literatura comprometida y nada fácil.
En la actualidad hay pocos autores que arriesguen. Se busca más el éxito comercial. Cuanto más sencillo sea el texto, a más gente le gustará y más fácil será encontrar un editor que quiera arriesgar su dinero con la obra. Por eso es necesario, en algún momento, plantearse qué quiere uno hacer, resolver el dilema y asumir las consecuencias, teniendo en cuenta que cada día se impone más la literatura de consumo, aquella en la que la industria editorial busca sólo la rentabilidad, el autor ganar dinero y el lector entretenerse.
¿Y el arte? Bueno, ¿a quién le importa?