Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

28 febrero, 2014
por MalditaLiteratura
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De críticos y preceptores.

En su libro “Los dones de Atenea”, Joel Mokyr analiza los orígenes históricos de la economía del conocimiento. Es un libro técnico, escrito por un economista especializado en historia, muy útil para entender el concepto de “economía del conocimiento”, que algunos han presentado como la panacea para resolver nuestra crisis.
En el capítulo quinto analiza “el conocimiento, la salud y la familia” y, dentro de él, en su apartado “conocimiento, persuasión y comportamiento de las familias”, trata sobre la lucha contra las enfermedades en el siglo XIX. Explica los avances científicos en esta materia y, al mismo tiempo, cómo se transmitía a los ciudadanos la necesidad de la higiene como medio de combatir las enfermedades. Entre los métodos utilizados, me llamó poderosamente la atención lo que el autor denomina “la persuasión”. Ésta fue ejercida no solamente por las autoridades políticas y los científicos, sino también por asociaciones civiles de mujeres que procuraban enseñar a las madres cómo combatir la mortandad infantil y otras enfermedades a través de la higiene.
Cambiando de registro, recuerdo una conversación con el director de un taller literario, que me comentaba que, en la actualidad, las preceptoras de libros eran las vendedoras de las grandes superficies comerciales.
En ambos casos hay un denominador común: la influencia que ciertas personas ejercen sobre otras para persuadirles de adoptar ciertas conductas o de adquirir determinados productos.
En el ámbito literario, esta labor era ejercida por los críticos, personas que analizaban las obras y emitían un juicio sobre las mismas. De su prestigio personal dependía que los lectores se inclinaran o no a leer los libros que comentaban.
En la actualidad, la mayor parte de los críticos están adscritos a medios de comunicación que pertenecen a grupos en los que también se incluyen editoriales, lo que hace dudosa su independencia a la hora de emitir un juicio sobre una obra y, sobre todo, limita en muchos casos sus comentarios a textos publicados por la editorial del propio grupo, lo que convierte sus análisis en un instrumento publicitario más. Esto conlleva que no atiendan a nuevos autores que aún no han sido “acogidos” por dichas editoriales.
Pero la revolución generada por internet nos ha proporcionado otra vía para conocer nuevas obras y conocer autores nóveles: las redes sociales. Aquí han proliferado los blogs que comentan los libros que el autor o autora ha leído y en donde vierte sus opiniones al respecto. Estos blogs permiten transmitir información sobre las obras y compartir puntos de vista y comentarios con sus lectores, lo que es muy positivo.
Es verdad que, en la mayoría de los casos, más que un análisis técnico de la obra, se limitan a dar una opinión personal que se constriñe a si el libro en cuestión les ha gustado o no, sin mayor profundidad. Pero lo cierto es que hay muchas personas que se sienten inclinadas a seguir los consejos recogidos en atención a identificarse, en mayor o menor medida, con el gusto literario personal de quien escribe la reseña.
Siento que hay un hueco para que críticos independientes recuperen su espacio a través de esta nueva vía de comunicación, en donde aprovechen para instruir a los lectores y lectoras acerca de qué es lo que realmente aporta la obra analizada al mundo literario, sin frases pretensiosas y al margen de que hayan disfrutado o no del texto.
Para concluir, me gustaría saber cómo eliges las obras que lees y cuáles son las referencias en que te basas a la hora de decidirte por un autor o autora o por un título concreto.

21 febrero, 2014
por MalditaLiteratura
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La edad del escritor.

Cuando decidí tomarme en serio la posibilidad de escribir, me apunté a un curso de novela en una escuela madrileña. Éramos un grupo pequeño (ocho o diez, no recuerdo con exactitud), heterogéneo en todos los sentidos: sexo, edad, profesión, experiencia literaria, etc. Si no me falla la memoria, yo era uno de los más veteranos por razones cronológicas, que no artísticas.
En el extremo opuesto había varios compañeros jóvenes. Uno de ellos expresó en cierta ocasión su queja acerca de por qué la edad tenía que ser una cualidad del escritor. Lo hizo de forma espontánea, porque no recuerdo que nadie planteara el asunto. Y su queja quedó ahí, sobre la mesa, sin que nadie la recogiera.
Tampoco sé por qué de repente me ha venido a la memoria este asunto en uno de mis paseos en soledad. Pero me ha parecido atractivo reflexionar sobre ello, tal vez, de entrada, en un contexto más amplio para centrarnos después en el ámbito literario.
A lo largo de la historia han existido insignes instituciones que concitaban la experiencia de los mayores como guía para el resto de la sociedad. Encontramos Consejos de Ancianos en las sociedades griega, judía, africanas, gitana, hasta en la Francia revolucionaria… La edad se consideraba un valor al servicio del grupo, un cúmulo de conocimiento y experiencia.
Hoy, sin embargo, suele ocurrir al contrario. Merced a la revolución tecnológica que vivimos, es frecuente que los hijos o los nietos atiendan condescendientemente al ruego de sus mayores cuando les piden ayuda para resolver cualquier problema informático. Esta ventaja la han extendido, sin que se sepa por qué, a todos los ámbitos de la vida, considerando que los mayores no sólo no tienen nada que enseñar a la juventud, sino que, antes al contrario, son una rémora por su torpeza. El ejemplo paradigmático es la “limpia” que han hecho empresas en los sectores bancario, tecnológico, servicios, etc. Para estas entidades, una persona de treinta y cinco años se aproxima peligrosamente a su fecha de caducidad. Claro que luego llega una crisis como la que nos asola y ninguno de ellos sabe de qué se trata porque crecieron en época de bonanza y no han conocido otra cosa. Esto explica algunos de los tantos errores y despropósitos que se han cometido.
En este contexto, donde la edad se convierte en un hándicap, en un contratiempo, en un elemento negativo, ¿por qué tendría que ser distinto en la literatura? Lo suyo es que vengan autores jóvenes, que nos hablen de temas actuales (como el amor en las redes sociales, crímenes cibernéticos o diminutos personajes que se ocultan en el disco duro del ordenador, por ejemplo) y nos pongan al día. ¿Para qué buscar autores señeros que no son de la generación 2.0?
Tal vez aquel compañero de ilusiones tenía razón y la edad ya no sea una virtud del escritor, sino todo lo contrario.
Me gustaría saber qué opinas.

14 febrero, 2014
por MalditaLiteratura
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De Marco Polo a internet.

Todos hemos oído hablar de los viajes de Marco Polo e, incluso, algunos los habrán leído (yo no, lo confieso). En nuestro conocimiento tangencial sabemos que relató su recorrido hasta llegar a China, donde permaneció unos veinte años al servicio de los mongoles.
A su regreso publicó sus aventuras, captando la atención de sus conciudadanos, que acudían a la cárcel donde estaba recluido a escuchar sus andanzas.
El libro de Marco Polo es rico en múltiples aspectos. Es un libro de viajes, es un libro de relatos fantasiosos de mundos estrambóticos, es una guía de negocios. Es una obra, en suma, que abrió las mentes de los europeos de la edad media a otras culturas y parajes.
Quiero detenerme, en este momento, en lo referente a la descripción de lo que veía y contaba. En esos tiempos, la mayoría de las personas nacía, vivía y moría en su localidad, sin conocer siquiera lo que había a pocos kilómetros de su casa; mucho menos de lo que el mundo ofrecía en lugares lejanos. Con su obra consiguió interesar a sus contemporáneos hablándoles de otros mundos, donde la vida discurría de formas distintas y tenían costumbres muy diferentes a las que ellos conocían. En definitiva, mostró otras culturas, otras maneras de entender la vida. Logró, así, despertar la curiosidad de muchas personas, ganándose un lugar en la historia de la literatura.
Muchos siglos después, los escritores seguían utilizando sus obras para dar a conocer otros parajes, bien ambientando en ellas sus novelas, bien a través de un subgénero conocido como “libros de viajes”. Un ejemplo de lo primero sería la descripción de Oviedo que hace Clarín en “La Regenta”; y de lo segundo, la obra de Camilo José Cela: “Viaje a la Alcarria”.
En la actualidad, viajar está al alcance de muchas personas. Y, a donde no llegan nuestras experiencias personales, nos lleva el cine o la televisión. De ahí que no sea ya necesario explayarse, en una obra literaria, sobre los territorios donde discurre la trama.
Es más, me atrevo a vaticinar que, en los libros electrónicos del futuro, el autor, cuando quiera referirse a un lugar o a un ambiente determinado, se limitará a incluir un enlace a internet donde en lector pueda ver, en imágenes, los sitios en los que los personajes actúan.
Tal vez, si lo hubiera pensado antes, en “La cara oculta de la luna”, ambientada en distintos países y ciudades, hubiera incluido enlaces para que los lectores “vieran” las favelas de Sao Paulo, el laboratorio de San Diego, la casa de Kadar en Boca Ratón (Florida), la convención en Jordania o cualquiera de los ambientes que ahí se describen. Incluso tal vez lo haga en una próxima revisión. Sería una experiencia interesante.
Y te pregunto, como lector o lectora, ¿te gustaría este sistema o prefieres el método tradicional de que te describan los lugares y los ambientes?

7 febrero, 2014
por MalditaLiteratura
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El buen libro (2º parte).

En el artículo anterior nos quedó pendiente contestar a la siguiente pregunta: ¿qué es un buen libro? Procede ahora hacerlo.
Esta cuestión habría que enfocarla desde el punto de vista del crítico, del estudioso (como esos profes de literatura que salen en las películas americanas), del lector exigente, en definitiva, de quien vaya más allá de una buena historia bien contada para buscar otros parámetros. Me permito señalar algunos, sin carácter exhaustivo:
1º) Originalidad: la historia debe ser distinta, diferente, bien en su trama, en sus personajes, en sus situaciones, bien en el tema de fondo que toca. Un ejemplo de tema: escribir libros donde las drogas tenían una presencia importante, diría que el protagonismo, fue una novedad en los años sesenta (Huxley, Burroughs, entre otros). Hoy, después de muchos libros, ya no sorprende el tema en sí, aunque se siga utilizando para crear personajes o ambientes sórdidos. Un ejemplo de situaciones: “Metamorfosis”, de Kafka.
2º) Complejidad: lo más sencillo es contar una historia de forma cronológica, en tercera persona, con un hilo narrativo claro y concreto. Si se juega con el tiempo (regresiones, anticipaciones, digresiones), el autor asume el riesgo de perderse o de que el lector se pierda (en “Viaje a la semilla”, Carpentier construye una historia que retrocede). Jugar con los puntos de vista: varios personajes hablando en primera persona, por ejemplo, exige también un esfuerzo importante al propio autor para que no resulte mono tonal: requiere manejar distintos registros, con sus vocabularios, expresiones, ritmos, etc. para cada personaje (“Mientras agonizo”, de Faulkner). Si se utiliza un sistema de tramas de “caja china” (“El Aleph”, de Borges), en el que una trama alberga a otra y está a otra y así cuantas veces se quiera, el autor debe ser capaz de manejarlas todas a la vez y darles su tiempo y su espacio sin dejarlas colgadas.
3º) Creatividad: de vez en cuando aparece un autor que es capaz de plantear una forma distinta de contar las cosas. Por ejemplo, Rodolfo Walsh, en “Nota al pie” escribió un cuento en el que introducía notas a pie de página y luego resultaba que estas notas conformaban en sí un nuevo relato, paralelo al principal, que llega a ser más importante que éste. La creatividad puede quedarse en meros fuegos de artificio o aportar nuevas soluciones técnicas al reto de cómo contar una historia.
4º) Trascendencia: hay libros que son metáforas, incluso paradigmas de determinadas épocas o situaciones humanas y por ello se hacen un lugar en la memoria colectiva. Para resaltar esta metáfora suele utilizarse al personaje en contrapunto, es decir, el que “chirría” con los otros personajes o el que “va contra corriente”. Un ejemplo del primero es Don Quijote de la Mancha; desde su anacronismo y marginalidad, nos muestra la sociedad de su tiempo, amparándose en su locura para poder criticar sin que al autor le costase la libertad. En la misma línea, el personaje de “La conjura de los necios”. El segundo modelo es, por ejemplo, el protagonista de “1984” de Orwell. Son relatos que trascienden a su momento porque el autor ha tenido la capacidad de reflejar la sociedad y de profundizar en los problemas humanos, presentes o futuros.
5º) Accesibilidad: una obra “eterna”, aún siendo exigente para el lector, debe ser gratificante en su lectura. Cuando el autor ha querido lucirse creando una estructura muy compleja, utilizando una prosa farragosa, contando una historia abstracta, de tal suerte que el lector tiene que hacer un gran esfuerzo para seguir el relato, termina expulsándolo de las páginas. Ejemplo típico de esto es el “Ulises”, que sólo se puede leer con una gran disciplina y casi casi por prescripción facultativa.
En resumen, si una obra es original, goza de complejidad técnica, aporta creatividad, cuenta una historia trascendente y resulta accesible al gran público, estamos ante una obra maestra. Por eso hay tan pocas. Si tiene algunas de estas virtudes, pero no todas, estamos ante una gran obra. Y si sólo tiene alguna de las cuatro primeras, es un buen libro.
Por eso los best-seller difícilmente pueden alcanzar alguna de estas categorías. Salvo la accesibilidad, que es plena, suelen carecer de todas las virtudes señaladas.
Como esto no es una clase magistral, me encantará recibir tus comentarios.

31 enero, 2014
por MalditaLiteratura
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El buen libro (1ª parte).

El pasado sábado, la autora del blog “Entre montones de libros” se formulaba la siguiente pregunta: Todos queremos leer un buen libro, comprar un buen libro, recomendar un buen libro. Pero, ¿qué es un buen libro realmente para un lector? A continuación desarrollaba su interesante artículo. Os dejo el enlace a su blog porque vale la pena seguirla: http://entremontonesdelibros.blogs
La felicité por su artículo y le anuncié mi intención de reflexionar sobre el tema y exponerlo aquí, por lo que paso a cumplir con lo dicho.
Si bien la pregunta es clara: qué es un buen libro para un lector, me gustaría extenderme después acerca de lo que considero un buen libro. Pero vayamos por partes.
Desde el punto de vista del lector haría una afirmación rotunda, de esas que a mucha gente le encanta enmarcar: no hay libros buenos ni malos, como no hay buenos ni malos lectores; hay libros adecuados y libros equivocados para un lector en un momento dado. Sin más.
Me explico. Cuando eres niño, leer a Salgari o a Verne es maravilloso (hoy sería Harry Potter). Si te da por Proust, lo más probable es que termines odiando la lectura (bueno, esto también te puede pasar de adulto, pero ese es otro tema). Cuando eres adolescente, la literatura de fantasía es excelente para desarrollar la imaginación y vibrar con sus aventuras. Pero si sigues leyendo exclusivamente libros de vampiros con cuarenta años, es que algo va mal. A partir de la veintena, de vez en cuando, al menos, hay que leer algún libro que te haga pensar para que no se te oxide el cerebro. Pero, aunque te encante reflexionar y aprender (como es mi caso), también hay que disfrutar de una buena novela de intriga o de romanticismo, sin importar que esté confeccionada con la sola intención de agradar al gran público.
En consecuencia, lo importante es dar con el libro adecuado en el momento oportuno. De esta forma, al lector el libro le parecerá bueno.
Con esto quedaría respondida por mi parte la pregunta. Pero me gustaría ir más allá y plantear la siguiente cuestión: ¿qué es un buen libro? Como no quiero cansarte, continuaré en el próximo artículo, no sin antes preguntarte ¿qué es para ti, como lector o lectora un buen libro?

24 enero, 2014
por MalditaLiteratura
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¿Para qué escribir?

En días pasados, la empresa de servicios literarios “Mundo palabras”, citaba en facebook una frase de Ramón Rocha Monroy, que literalmente decía: “Se escribe para uno mismo y para sus amigos, ¡no para la posteridad! Las obras maestras no se cometen adrede.” Estuve tentado de compartirlo en mi muro, pero me pareció que el tema exigía una mayor reflexión y análisis que lo que un simple comentario me permitía.
El asunto conecta directamente con la raíz de las motivaciones de un escritor. ¿Para qué se escribe? ¿Cuál es la finalidad que persigue una persona que se sienta a escribir?
Las respuestas pueden ser muchas. Tantas como escritores hayan existido, existan o puedan existir en el futuro, y dependerá también del momento de su carrera literaria en que se formule la pregunta. Suponiendo que el escritor se plantee conscientemente esta pregunta, no estoy seguro que pueda darse una sola respuesta. Las motivaciones pueden ser varias y concurrentes: verter en un papel lo que desborda la imaginación del autor, vencer a la soledad, buscar la notoriedad pública, sentir que la vida aún tiene algo que ofrecerle y, por qué no, la posibilidad de conseguir ingresos, entre otras.
Habría que preguntar a cada escritor cuáles son sus motivos. Yo sólo puedo intentar averiguar los míos.
En mi caso, comencé a escribir por la pasión que he sentido siempre hacia la literatura. Han sido tantos y tan buenos momentos los que la lectura me ha proporcionado que no pude vencer la tentación de intentar participar del fascinante mundo literario. Ese fue el origen.
Con mi primera novela comprobé que era capaz de elaborar una obra. Reto conseguido. Podría haberme detenido ahí, satisfecho de “mi hazaña”, pero en mi cabeza se acumulaban otras historias a las que también quería dar vida. Así que me embarqué en una segunda novela y después en otras más, hasta sumar cuatro y algunos relatos cortos. Otro reto conseguido. Pero aún no se han agotado las ideas ni el deseo de transformarlas en textos literarios, por lo que la motivación sigue vigente.
Cada obra exige, además, buscar la forma adecuada de plasmarla: estructura, tramas, personajes, punto de vista, prosa… no se trata de reproducir una fórmula, sino de encontrar la manera idónea de contar cada una de ellas. Es un reto permanente.
Pero con ello no se ha visto colmada mi vocación. La tentación de haber alcanzado el objetivo de escribir para mí y para mis amigos se oponía a la de publicar las obras para compartirlas con los lectores y recibir sus opiniones, tanto positivas como negativas. Así es como decidí publicar “La cara oculta de la luna”. La aceptación generada por la novela me lleva a considerar el reto como conseguido.
Hasta el momento no puedo alardear de haber alcanzado una mínima compensación económica para el tiempo y el esfuerzo empleados. Pero, como esta cuestión no formaba ni forma parte de mis motivaciones, no siento ninguna frustración. Que no parezca que la desdeño (la fábula de la zorra y las uvas), pero es tan secundaria para mí que prefiero escribir lo que me gusta a buscar el éxito comercial.
Por el contrario, la ilusión de que una de mis obras merezca el reconocimiento y que mi nombre pueda formar parte de la galería de autores importantes no se ha desvanecido. ¿Pura vanidad? Posiblemente. Sé que es un reto mayúsculo, tal vez muy por encima de mis posibilidades, pero de sueños también se vive. No escribo con la vista puesta en ello, pero sí lo hago con la intención de que, al menos, mis obras tengan la calidad suficiente para que, en algún momento, este milagro pueda producirse.
Así que, volviendo a la frase que justifica este artículo, yo no escribo pensando en la posteridad, pero tampoco me basta con hacerlo para mí mismo y mis piadosos amigos. Escribo para crear obras de arte que merezcan el reconocimiento ajeno, para proporcionar momentos de satisfacción a mis lectores y, tal vez, sólo tal vez, para que mi paso por este mundo sirva para hacer un poco más grande la literatura.
Y en eso estamos.

Como siempre, quisiera conocer tu opinión: ¿qué te impulsaría a escribir?

17 enero, 2014
por MalditaLiteratura
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Lectura a la carrera.

El otro día, mi buena amiga Ana me comentaba que en Facebook aparecían preguntas acerca de cuántos libros habían leído los participantes durante el año anterior, obteniéndose respuestas llamativas, que iban desde más de cincuenta hasta más de cien libros en tan solo doce meses.
Ella me preguntaba qué opinaba yo al respecto, sorprendida por el número tan elevado de lecturas que preconizaban algunos. Le contesté que sólo puedo concebir que una persona lea tantos libros si dispone de mucho tiempo libre y cuenta con una magnífica resistencia visual, unos ojos capaces de soportar tanto esfuerzo. Pero que, para mí, los textos así leídos, en tan poco tiempo (una media entre uno y dos a la semana), difícilmente pueden ser digeridos, salvo que se trate de literatura de consumo, es decir, aquella que no aporta nada más que entretenimiento al lector. Concluí diciéndole que yo me siento satisfecho con disfrutar de tres o cuatro buenos libros al año para degustarlos, saborear su prosa, intimar con los personajes, entenderlos, comprenderlos, hacerlos míos, y extraer de ellos y de las situaciones narradas la experiencia de la vida y las enseñanzas que puedan aportarme, lo que me exige un período de reflexión y maduración.
Ana coincidía conmigo y me confesaba que cuando termina un buen libro siente la necesidad de darle distancia en el tiempo antes de afrontar un nuevo relato, para permitir que deje en ella todo el poso posible y sentirlo como si lo hubiera vivido.
Sin duda cada uno afronta la lectura desde una perspectiva distinta. Yo la concibo como la manera de participar en una vicisitud humana que tiende a dejarme huella. Desde esta manera de verlo, con unas pocas pero profundas experiencias nuevas me siento suficientemente enriquecido.
Esta charla me trajo a la memoria un curso de lectura rápida que hice ya hace muchos años y que me permite leer a gran velocidad, pero que casi nunca he empleado en un texto literario. Podría leer más libros, pero a cambio de no deleitarlos. No me basta con conocer la historia; necesito sentir cómo cada palabra penetra en mi interior produciendo el efecto que el autor ha buscado.
Según un informe del Ministerio de Cultura español de 2012, la media de libros leídos en España es de 11,1 al año, lo que significa algo menos de uno al mes. Es una buena media, que denota habitualidad y permite esa “digestión” que comentaba anteriormente. Hay que entender que, de esas 11 lecturas al año, habrá de todo: buenas, regulares y malas. En mi caso, procuro ser muy selectivo en la elección porque, por falta de tiempo, no puedo darme el lujo de equivocarme.
Cada uno es muy libre de leer cuantos libros considere oportunos, ¡faltaría más! Pero, si de mis obras se trata, deseo que el lector le dedique la pausa necesaria para disfrutar de todo cuanto he querido crear y decir, y hacerlo suyo con el mismo mimo y cariño con el que yo lo he escrito.
Sólo me resta preguntarte. ¿Y tú, cuántos libros lees al año?

10 enero, 2014
por MalditaLiteratura
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Literatura solidaria

Todos sabemos que la literatura nos permite aprender, emocionarnos, descubrir otras realidades, reflexionar… según sea el texto al que nos enfrentamos. Y también sabemos que una obra literaria es una propuesta del autor con la que busca enlazar con el lector para compartir su visión de una determinada situación. Que lo consiga o no es otra historia.
Pero en los últimos meses he podido comprobar cómo se desarrolla otra dimensión de la creación literaria: la que busca, con su comercialización, beneficiar a terceras personas que, por azares del destino, se enfrentan a situaciones muy difíciles.
En concreto, he podido constatarlo personalmente en dos ocasiones, aunque seguro que hay muchas más. La primera, con la obra “El oro de París”, de Antonio Nieto Díaz, publicada por la editorial “El desván de la memoria”, y cuyos beneficios fueron a parar a la asociación Adela, que trabaja en beneficio de las personas afectadas por la esclerosis lateral amiotrófica, una terrible enfermedad degenerativa. Tuve ocasión de asistir al acto de presentación y conocer una realidad de la que sólo había oído hablar.
Un paso más han dado dieciséis autores al contribuir cada uno con un cuento en la preparación del libro: “Un mañana para Alicia” (Editorial Círculo Rojo), elaborado expresamente para ayudar, mediante el “crowfunding”, a generar recursos para una niña, Alicia, afectada por el síndrome de Draver, otra pavorosa enfermedad que asola la vida de quienes la padecen. Ha sido posible merced a la iniciativa de la escritora Julia Zapata Rodrigo. Más información en http://elsuenodealicia.blogspot.com.es/
En ambos casos, al adquirir las obras, además de disfrutar con su lectura, he sentido la satisfacción de contribuir, aunque sea muy modestamente, a una buena causa.
Es otra dimensión de la literatura, la solidaridad, que ennoblece a quienes la promueven y también a quienes, mediante su adquisición, colaboran en tan excelsos fines. Unas actuaciones dignas de encomio que, desde este modesto blog, quiero aplaudir y publicitar para que los lectores se animen a participar en ellas.
¿Te animas?

4 enero, 2014
por MalditaLiteratura
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¡Comienza la partida!

¿Quién no ha abierto un libro con ilusión, ha empezado a leer las primeras líneas y se ha sentido tentado de cerrarlo y olvidarse de él?

Igual que ocurre en el ajedrez, la apertura de un relato es un momento crucial; es el instante en que el lector se sumerge en la historia. Si no tiene “gancho”, puede que no se sienta atraído a tragarse un montón de páginas y opte por desistir. De hecho, hay muchas personas que, antes de comprar un libro, lo abren por la primera página y leen el comienzo para decidirse. Es una prueba de fuego.

El arranque condiciona el desarrollo del texto y nos introduce en la historia, proporcionándonos mucha información en un párrafo. Es tan importante que muchos escritores escriben la versión definitiva cuando han terminado de elaborar la obra.

Con un célebre ejemplo lo veremos con claridad. Así principia “Cien años de soledad”:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces…

¿Qué nos está diciendo?

En primer lugar, nos indica la estructura temporal elegida por el autor para narrarnos la historia. En vez de comenzar de forma cronológica, es decir, por el origen de los hechos, escoge un momento más avanzado (principio “in media res”) cuando dice: Muchos años después para arrastrarnos más tarde, mediante una regresión, a lo acontecido hasta llegar a ese instante: cuando su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces…

En segundo lugar, nos indica la voz que nos va a contar la historia: en este caso, en tercera persona (el Coronel Aureliano Buendía había de recordar…) permitiendo que el lector se sitúe ante su interlocutor.

En tercer lugar, nos sitúa ante la historia. Aparece un personaje clave: el Coronel Aureliano Buendía, para que el lector se familiarice con él y sepa de quién se va a hablar; nos sirve para ubicarnos en el lugar donde se va a desarrollar la novela: Macondo; la época: Muchos años después,… había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, lo que nos habla de una época pretérita en la que el hielo podía ser una novedad; y nos indica el tiempo de la historia: el lapso que transcurre desde que el personaje era un niño hasta el instante en que, siendo adulto, se encuentra ante el pelotón de fusilamiento.

En cuarto lugar, introduce uno de los elementos de la trama: el conflicto existente en Colombia en aquel tiempo entre facciones políticas enfrentadas militarmente. En este conflicto surge la tensión que, obviamente, no sabemos cómo se resolverá: frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía El personaje está en peligro; y también de intriga: ¿por qué está ante un pelotón de fusilamiento? ¿Cómo ha llegado a esa situación? ¿Por qué recuerda ese momento de su infancia? Todo ello nos empuja a seguir leyendo.

No se puede decir más en menos líneas. Es una obra maestra.

En contraposición, encontramos la apertura de Milan Kundera en “La insoportable levedad del ser”:

La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Niestzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal y como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?

Y sigue filosofando el maestro Kundera durante los dos primeros capítulos. No es sino hasta el tercero cuando aparece Tomás, uno de los protagonistas de la historia. Sería interesante saber cuántos lectores abandonaron la lectura antes de que Tomás irrumpiera en escena. Hay que ser muy valiente para elegir una apertura como esta y también muy honesto, porque el autor no esconde sus verdaderas intenciones: invitarnos a reflexionar sobre la base de una historia.

Y tú, ¿cuánta importancia le das al arranque de una novela?

 

27 diciembre, 2013
por MalditaLiteratura
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Haciendo el “indie”.

Hace unas semanas, en uno de los grupos literarios de facebook en los que participo, alguien preguntó qué significaba la palabra “indie” y le contesté: “independiente”.
Resulta curiosa la pregunta en una época en la que casi todos nos hemos acostumbrado ya a escuchar ese anglicismo abreviado. Pero, al margen de lo que signifique lingüísticamente, cabe preguntarse, ¿qué supone ser un “indie”?
Comencemos diciendo que “indie” es el escritor que publica sus obras al margen de la industria editorial convencional. La primera pregunta sería: ¿el “indie” nace o se hace?
Seguramente habrá quien se haga un escritor “indie” por convicción, pensando en escapar de las redes editoriales y buscar su propio destino; pero, siendo sinceros, creo que no es la mayoría.
En mi caso, reconozco que me hice “indie” más por pereza que por otra cosa. Me explico. Cuando me plantee la publicación de “La cara oculta de la luna”, toqué algunos contactos en la idea de seguir el camino de las editoriales, pero todos me dijeron que la cosa estaba muy difícil, que solamente se publicaban libros de autores conocidos por sus obras o porque tuvieran relevancia social, de tal forma que no hubiera que invertir en marketing para dar a conocer al escritor. Visto esto, el panorama era enviar una copia a un montón de editoriales, donde normalmente hay unos chavales que se leen las diez primeras hojas y, sólo si les gusta, se leen las diez siguientes. Si consigues que lleguen a la página cincuenta sin haber tirado tu manuscrito a la basura, entonces se lo pasan a alguien más experimentado, que puede que le convenza o no. Se parece mucho a jugar a la lotería. Dependiendo de a quién te toque, el humor que tenga ese día, que le guste o no tu forma de escribir, puedes pasar la criba o quedarte para siempre en el olvido.
Cumplidos los cincuenta, no me veía sentado en el banco de la paciencia esperando a que la suerte llamase a mi puerta. Personas muy próximas a mí me dijeron: ¿por qué no publicas en Amazon? Es fácil y hay gente que ha conseguido el éxito. Así que, ni corto ni perezoso, con la ayuda de mi buen amigo Mario Morera (diseñador de la portada), preparamos la sinopsis, rellenamos la ficha de Amazon y subimos el libro. Me lié como un poseso a mandar correos a todos mis contactos para hacerles partícipes de la buena nueva y me dispuse a esperar. Tras la compra por familiares y amigos más cercanos, me di cuenta de que no iba muy lejos, por lo que me sumé a la iniciativa de publicitarlo en facebook y twitter. Nada. El libro iba cayendo sin remedio en el pozo de las miles de publicaciones de Amazon. Desolador.
Como en realidad no esperaba hacerme rico con el libro, lo puse gratuitamente en mi página web y ahí sí, la gente se animó a descargarlo y leerlo con un más que aceptable éxito y buenas críticas. Esto me ha reconfortado lo suficiente para que mi esfuerzo e ilusión no se fueran por la taza del wáter, pero no lo bastante como para animarme a iniciar otra aventura “indie”.
Después de haber vivido esta experiencia, sólo puedo decir que admiro a los escritores que perseveran en esta senda y les deseo toda la suerte del mundo. La van a necesitar.