Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

9 mayo, 2014
por MalditaLiteratura
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¿Es caro el libro?

Mi querida amiga Françoise comentó, en la última entrada, que los libros son caros, es decir, que hay una desproporción entre su valor y lo que se nos pide por ellos. Todos tenemos la misma sensación, pero ¿es cierta?

Aquí hay muchas cuestiones en liza; intentaré desgranarlas para que podamos pronunciarnos al respecto, siempre referidas al mercado español, que es del que tengo datos.

Veámoslo primero desde la perspectiva del vendedor.

Por cada euro del precio de un ejemplar, tenemos que el autor se lleva normalmente un 10% (del que paga a su agente, si lo tiene, entre un 10% y un 20%); la editorial (incluyendo sus costes de producción y marketing) puede “morder” entre un 30 y un 40% para cubrir sus costes internos y su beneficio; la distribución, en torno a un 20%; y el vendedor final (el librero) hace suyo el 40% restante, si es una gran superficie, y baja al 30%, si es una pequeña librería. No olvidemos a la Hacienda Pública, que también participa a través del IVA (4%), pero atribuyámoslo a la parte del comerciante minorista. Estas cifras son orientativas, porque dependerá de cada editorial, de su estructura interna, de la inversión que haga en marketing para cada libro y de los acuerdos que tenga con sus proveedores y el librero, pero son cifras comúnmente aceptadas y nos dan una idea bastante aproximada.

Según el comentario de un experto, la tirada media en España de una novela está en tres mil ejemplares. Aunque se refiera a todo el negocio editorial en España, el Instituto Nacional de Estadística (INE) señala que, en el año 2012 (últimas estadísticas que conozco), la tirada media de una obra ascendió a 3.540 ejemplares. Referida sólo a la literatura, la media se situó en el año 2011 en 1.657 ejemplares, según un informe del Observatorio de la lectura y el libro, publicado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

El negocio es magnífico si las ventas son muy elevadas, superando, pongamos por caso, los cien mil ejemplares; el negocio es muy bueno si se mueve entre los cincuenta y los cien mil ejemplares; el negocio es simplemente bueno, si está entre veinte mil y cincuenta mil ejemplares; el negocio es aceptable si está entre los cinco mil y los veinte mil ejemplares; y el negocio empieza a decaer, pudiendo llegar a ser ruinoso si no se alcanzan los cinco mil ejemplares, salvo que la editorial tenga pocos gastos o tenga muchas obras en catálogo. Hay pequeños editores que hacen tiradas de mil ejemplares y con eso van sobreviviendo. Téngase en cuenta que las novelas tienen un ciclo de subida y bajada, que termina agotándose y que, en la actualidad, esos ciclos son cada vez más cortos. Insisto en que son cifras orientativas, nadie las tome por indiscutibles, porque no lo son.

Según el informe del citado Observatorio de la lectura y del libro de 2012:

A lo largo de los últimos diez años la tirada media ha venido descendiendo de forma continuada hasta alcanzar en 2011 el valor más bajo, una tendencia que se confirma en las diversas estadísticas de forma unánime:

Según recoge el Instituto Nacional de Estadística (INE) en su Estadística de la Producción Editorial. Año 20112, en los últimos años se está produciendo un importante ajuste de mercado que se refleja en un descenso progresivo de la tirada media.

o En 2011 la tirada media descendió un 22,4%, pasando de 1.734 ejemplares por título en 2010 a 1.345 en 2011.

o Solo el 1,9% de los títulos —el 3,7% en 2010— alcanzó tiradas superiores a los 5.000 ejemplares.

o Los mayores descensos en la tirada media se observan en literatura —un 34,1% por debajo de la del año anterior— y en artes plásticas, gráficas y fotografía —un 28,2% menos. La única materia en la que no desciende es en ciencias puras, que muestra un incremento del 7%.

Por su parte, la Federación de Gremios de Editores de España confirma también esta tendencia, arrojando en 2011 una bajada de la tirada media del 10% —de 3.790 a 3.441 ejemplares—. Ajeno a esta caída, el libro de bolsillo experimenta sin embargo un incremento en su tirada media del 22,2%, alcanzando los 6.643 ejemplares por título.

 

Partiendo de esta premisa, como en cualquier negocio, si se baja el precio del producto tendrá que compensarse con el aumento de las ventas. Esto ocurre en mercados donde hay muchos lectores; pero, como se ha visto, no parece que el mercado vaya en esa línea, sino todo lo contrario. Como vemos a continuación, no solamente baja la tirada media, sino también el importe total de la facturación del libro en España, que fue en 2011 inferior a la de 2004.  Veamos qué dice el mencionado informe:

En los tres últimos años el sector está experimentando un importante descenso en su cifra de negocio. La crisis económica y financiera iniciada en 2007 es, tal y como apunta la FGEE, la causa principal de esta bajada. Una crisis cuyos efectos no se hicieron patentes hasta 2009, cuando se registró el primer retroceso (-2,4%), y a la que se sumaron otros factores como la bajada en la venta a bibliotecas, el descenso en la facturación por libros de texto derivado en parte de las políticas de préstamo establecidas por algunas administraciones autonómicas, la afectación de la reprografía ilegal y la piratería digital, o la transformación del modelo de negocio hacia el ámbito digital, en especial en el caso de los diccionarios y enciclopedias.

Tras los primeros efectos de la recesión económica, en 2010 se agudiza el descenso y se alcanza una segunda bajada del 7%. Lejos de recuperarse, en el ejercicio de 2011 vuelve a registrarse un nuevo descenso del 4,1%. Con una facturación que retrocede hasta los 2.772,34 millones de euros y un total de 199,8 millones de ejemplares vendidos, en los últimos cinco años se ha registrado una bajada del 11,2% en términos de ingresos y del 20,3% en el de unidades vendidas.

El libro electrónico o digital elimina muchas de estas partidas: impresión, distribución, comercialización minorista, permitiendo que los precios sean casi al costo. Para que un autor gane lo mismo con un libro digital que con un libro en papel, tiene que venderlo en torno a los tres euros, para descontar lo que suele llevarse la plataforma de venta (en el caso de Amazon, un treinta por ciento si se supera un cierto precio -tres dólares- o el sesenta y cinco por ciento en aquellos que se venden por debajo de los tres dólares o su contravalor en euros: 2,60 euros). Hay que añadir el IVA, que, si la plataforma está situada en el extranjero, es de tan solo un 3%. Esto cambiará a partir del primero de Enero de 2015, en que se tributará conforme al tipo aplicable en el país donde se realiza la compra. El libro en papel tributa al 4% en España, mientras el libro electrónico lo hace al 21%, sin que haya una razón que justifique esta diferencia.

Como en todos los negocios, las grandes estructuras tienen más capacidad para aquilatar sus precios a costa de apretar a sus proveedores y por la economía de escala, que les permite repartir sus costes internos entre más productos a vender. Las editoriales pequeñas tienen la ventaja de tener estructuras mínimas (a veces, sólo el propio editor), externalizando otras funciones, lo que les posibilita sobrevivir con ventas reducidas. Las que peor lo tienen son las editoriales medianas, que sufren lo malo de cada uno de estos modelos de negocio, de ahí que se estén produciendo fusiones y adquisiciones entre editoriales.

Como he analizado en otro artículo (véase, “¿crisis editorial?”) y se ha dicho anteriormente, las ventas en España están cayendo, de ahí que las grandes editoriales apuesten básicamente por productos de consumo mayoritario (el libro de Belén Esteban es el paradigma), en detrimento de la obra de ficción, también llamado libro literario. Este movimiento del mercado hace que los autores no comerciales tengan que desplazarse hacia editoriales pequeñas o que se lancen a la aventura de la auto-edición (en papel o en formato digital), asumiendo los costes y, sobre todo, la promoción del libro, que consume mucho esfuerzo y tiempo, en detrimento de la creación literaria.

Veamos el asunto ahora desde la perspectiva del comprador.

Sin entrar ahora en el famoso “pirateo”, que tiene también su incidencia, y no pequeña, en las cuentas de las editoriales e, incluso, de la auto-edición, suponiendo un precio de veinte euros por ejemplar (el INE lo fija en 2012 en 14,52 euros, pero según un artículo publicado en Editoralia en 2012, el precio medio de una novedad literaria se sitúa en los veinte euros citados), el lector adquiere un producto cuyo consumo le supondrá dedicar (dependiendo del tamaño del libro y de la velocidad de lectura), entre diez y treinta horas. Si tomamos una obra de cuatrocientas páginas y una velocidad de lectura de tres minutos por página tendríamos veinte horas de lectura. Esto significa que el coste “hora/lectura” se sitúa en un euro por hora. Y si echamos estas cuentas sobre el libro en formato digital (uno de cada cuatro libros utiliza este soporte, según el citado Observatorio), cuyo precio medio está en 5,2 euros (datos tomados de un artículo de El País de fecha 25 de enero de 2013), el coste/hora de lectura se sitúa en 0,26 euros por hora.

En cualquiera de los casos, ¿hay algún otro entretenimiento, placer, hobby o como se le quiera calificar que, en condiciones normales, tenga un coste igual o menor? Salvo la televisión o la radio, no se me ocurre ningún otro.

Dependerá lógicamente de la cantidad de libros que una persona adquiera al cabo de un año (según datos oficiales, la media en España se situaba en 7,5 libros por persona/año en 2005, mientras que en 2011 se fijó en 11,1 libros/año), pero, en mi opinión, el problema, más que en el coste de adquisición, radica en la calidad del producto. Si nos resulta lo suficientemente satisfactorio como para que nuestro dinero y nuestro tiempo resulten compensados, no es una actividad cara. Cuestión diferente es que se trate de un lector compulsivo, en cuyo caso seguramente compensará este esfuerzo con el ahorro que le suponga no consumir otros placeres.

Cosa distinta es que los tiempos no están para distraer nuestros recursos, ya bastante acuciados para atender las necesidades básicas.

Y, para quien pueda pagarlo o lo priorice sobre otros requerimientos, cada uno es dueño de su felicidad. Habrá quien disfrute de ese coste con una novela clásica, quien prefiera invertirlo en una novela de puro entretenimiento, quien desee un ensayo o quien quiera enterarse de los chismes que cuenta Belén Esteban. Para gustos, los colores, dice el refrán.

Soy el primero en desear que el precio de los libros baje para estar al alcance de cualquier bolsillo, aunque me temo que, vistos los datos anteriores, no parece muy factible.

Confío en que estas líneas nos permitan debatir sobre este interesante tema. Quedo a la espera de vuestros comentarios.

 

2 mayo, 2014
por MalditaLiteratura
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El valor de un libro.

Reconozco que soy muy poco fetichista. Mi apego por las cosas es más bien escaso y ni siquiera resulta paliado por mi atracción por el arte en general, incluido el popular. Admito que a veces me ha llevado a desear determinados bienes que, con el tiempo, han dejado de merecer mi atención.
¿Y a mí que me importa? Me dirás. Y con razón. Pero permíteme que utilice esta confesión a modo de exordio para centrar el tema que propongo hoy.
Hace tan solo veinticinco años, una generación, que internet saltó la barrera del ocultismo científico para llegar a conocimiento del público. En 1995 recuerdo haber comprado un libro que exponía qué es internet y para qué sirve, porque nadie era capaz de darme una explicación razonable. No es que me enterara de mucho, pero al menos ya podía ser yo quien presumiera ante los amigos de estar al día.
Lo que nadie podía imaginar en aquellos tiempos es que internet se convirtiera en algo imprescindible en nuestras vidas. Conceptos como la página web, el comercio electrónico y, más tarde, las redes sociales, han pasado a formar parte de nuestro acervo cotidiano con una naturalidad que nadie pudo aventurar. Dentro de esta revolución que ha supuesto pasar de la era analógica a la digital está, en el mundo literario, el llamado libro electrónico.
Y es aquí a donde quería llegar. Quienes hemos sido educados en el libro físico, la aparición del llamado libro electrónico nos ha supuesto un dilema. ¿Cuál de los dos es mejor? Antes de responder a esta cuestión propongo que exijamos una actualización del concepto a la propia Real Academia de la Lengua Española, que sigue definiendo al libro como “Conjunto de hojas de papel manuscritas o impresas que, cosidas o encuadernadas, forman un volumen”. Según esto, un libro en formato electrónico no merece la condición de libro. Sin embargo, tan libro es el que ocupa lugar en nuestra estantería como el que emplea espacio en la memoria de un dispositivo electrónico.
Pues bien, para empezar, creo que es imprescindible distinguir entre el continente y el contenido, es decir, entre “el envase” que contiene las palabras y lo que éstas en sí significan. En este segundo aspecto, libro es tanto el instrumento que sirve para transmitir conocimiento (un libro científico, un libro de texto, un ensayo), como el que sirve para difundir la cultura de un pueblo en un momento dado de la historia, el que nos permite reflexionar o el que, simplemente, nos entretiene. Cualquiera de estos fines es legítimo y en cualquiera de ellos tanto el libro de papel como el electrónico cumplen perfectamente su función.
Así que, para elegir uno u otro soporte, es necesario reparar sólo en el continente, es decir, en el envase, definido este por la RAE como “Recipiente en que se conservan, transportan y venden productos y mercancías”. ¿Qué nos aporta el libro físico que lo haga mejor que el electrónico? En términos generales, nada, salvo que el libro tenga un valor bibliófilo (un manuscrito, un incunable, un facsímil de un incunable), tenga un valor económico (una primera edición, una obra que perteneciera a un personaje famoso y lo haya glosado, una edición agotada) o un valor sentimental (el ejemplar que nos regaló nuestra pareja cuando iniciamos una relación – asunto sobre el que escribiré en otro momento – un libro de texto de cuando éramos pequeños, un texto dedicado por alguna persona), en cuyo caso es obvio que no es sustituible por un libro electrónico, pero tampoco por ningún otro libro físico, aunque disponga del mismo contenido.
Alguien me dirá, y le tendré que dar la razón, que hay libros que, sin tener ninguna de las características anteriores, sí tienen un valor sentimental para nosotros porque han dejado huella en nuestras vidas, nos han hecho descubrir la literatura (nuestra primera lectura) o nos han permitido disfrutar de una historia con una complicidad que la mayoría de las obras no ha conseguido.
Todos tenemos en nuestra librería alguno de estos ejemplares, pero, en realidad, no son ellos los que valen por sí mismos. Somos nosotros quienes les damos un valor especial y, por tanto, la cosa en sí es perfectamente sustituible. En mi caso, hay algunas historias que me imprimieron un recuerdo indeleble que, sin embargo, ni siquiera sé dónde han ido a parar. En estos supuestos, el libro en sí no tiene más valor que el que cada uno de nosotros le quiera proporcionar.
También se me dirá que el libro permite que la lectura no sea sólo algo abstracto, sino que pone otros sentidos en juego como el tacto y el olor, además de la vista (aquí el oído y el gusto no suelen tener función alguna, salvo que el libro sea leído en voz alta por otra persona o nos dediquemos a darle lametones al papel – si es tu caso, háztelo mirar – pero vaticino desde ahora que los fabricantes de hardware terminarán por fabricar libros electrónicos que nos permitan percibir esas sensaciones.
Por el contrario, el libro electrónico es mucho más práctico. Pesa menos, es mejor para la vista (según los oftalmólogos), puedes llevar tu biblioteca entera, no cogen polvo en la estantería y, sobre todo, no hay que cargar con ellos cada vez que hacemos una mudanza.
Así que, visto todo lo anterior, vete preparando para abrazar tu e-book cuando termines de leer una historia que te conmueva o te enriquezca, porque me parece que el libro en papel tiene los días contados.

25 abril, 2014
por MalditaLiteratura
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“Mi” García Márquez.

Cumplidas las honras fúnebres con las que se ha despedido formalmente a la persona, quiero referirme al escritor, que en realidad nos dejó hace diez años, cuando publicó su última obra: Memoria de mis putas tristes, pero que ha seguido y seguirá vivo en el recuerdo de cuantos nos hemos deleitado con su pluma.

Soy de la opinión de que cualquier obra de arte, una vez hecha pública, tiene dos dueños: el autor y el destinatario, que en literatura es el lector. Cuando leemos una obra la incorporamos tanto a nuestra memoria como a nuestro corazón; en este proceso la hacemos nuestra, pasando a tener una nueva realidad, la que cada uno de nosotros le proporcione con su visión del texto.

Después de haber leído casi todas sus obras, quiero aquí exponer aquí cuál es la huella que el Maestro ha dejado en mí, es decir, cómo es “mi” García Márquez, para lo cual distinguiré tres planos: temática, técnica literaria y prosa.

Respecto a su temática, puede calificarse de costumbrista porque, como él mismo dijo en diversas ocasiones, se limitaba a transcribir lo que veía en su entorno, razón por la que su Caribe natal ocupa un lugar preeminente. A lectores de otras culturas, García Márquez les sorprendió al exponerles una forma tan distinta de concebir la existencia, donde la vida y la muerte, lo real y lo sobrenatural, se entrelazan de forma indisoluble y con absoluta naturalidad. A este fenómeno se denominó “realismo mágico”.

En mi caso, el haber nacido y ser criado en México, país de una imaginación desbordante donde cualquier cosa es posible, por extravagante que pueda parecer, sus historias no me sorprenden, las asumo con la mayor normalidad. De hecho, Juan Rulfo escribió su “Pedro Páramo”, reflejo de esa cultura sincrética, doce años antes de que Garcia Márquez diera vida pública a “Cien años de soledad”.

En cuanto a la técnica literaria, mi opinión es que García Márquez no fue un gran innovador, a diferencia de otros autores contemporáneos (Rulfo, Borges, Cortázar o Carlos Fuentes, entre otros). Ni sus estructuras son complejas, ni el punto de vista es original. Se ha alabado su utilización del tiempo y del espacio y es verdad que en estos dos apartados se maneja muy bien. Pero crear un espacio imaginario ya lo habían hecho otros autores (entre ellos, Faulkner); y, en cuanto al tiempo, tampoco llega a extremos arriesgados. En el caso de “Cien años de soledad”, su lectura es complicada, que no compleja, por la abundancia de personajes (cuatro generaciones) y por el hecho de que la mayoría de ellos comparten nombres, con lo que es fácil perderse en el relato, pero esto nada tiene que ver con la originalidad de la arquitectura interior de la obra.

¿Y qué le ha hecho entonces para llegar a ser uno de mis autores favoritos? Pues ni más ni menos que enamorarme de sus relatos merced a su inmenso talento narrativo, casi insuperable, capaz de contarte cualquier historia, por simple que fuera, con una belleza, una armonía, una continuidad, un ritmo, un lirismo extraordinarios. En su prosa utiliza mucho el llamado “lenguaje literario”, más próximo a la poesía que a la expresión moderna; pero, lo que en otros autores resultaría empalagoso, en él es un manjar. Asombra su capacidad para presentar las cosas y los ambientes con similitudes que despiertan la emotividad, para manifestar los pensamientos y los sentimientos de manera alejada de la vulgaridad, con precisión de cirujano y, a un tiempo, con la evocación propia de los grandes poetas.

A “mi” García Márquez lo he imaginado como uno de esos narradores que, a la intemperie, al calor de una fogata en la oscuridad de la noche, te embrujan con su palabra, te cautivan hasta hacer desaparecer tu identidad para incorporarte a su mundo imaginario, donde, subyugado, fascinado, pasas a formar parte indisoluble y perpetua de sus cuentos. Y, como cualquiera de esos narradores nómadas, al terminar sus relatos debe marcharse en busca de nuevos espectadores que engrosen su cúmulo de seguidores. Lo he entendido, pero no he podido ni querido evitar sentirme solo, abandonado, huérfano de su palabra, anhelante de su próxima historia.

La capacidad para generar estos sentimientos, al alcance de muy pocos, es la verdadera esencia de un escritor.

Le echaré de menos, Maestro. Algo de mí también se ha ido con usted.

18 abril, 2014
por MalditaLiteratura
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La Biblia como texto literario.

Sea uno creyente o ateo, cristiano o adepto de cualquier otra religión, lo que nadie puede negar es la importancia que la vida de Jesús de Nazaret ha tenido para la historia de la humanidad, sin la cual seguramente el mundo sería diferente al que conocemos. Hablar de la figura de Jesús sería impropio de un blog literario, pero no lo es analizar el texto en donde se recoge su existencia: la Biblia, concretamente el llamado Nuevo testamento, en su vertiente de obra literaria.
Comienzo diciendo que el tema que hoy propongo da para una tesis doctoral y que circunscribirlo al reducido espacio que un artículo impone sólo permite trazar sus líneas básicas, con la sana intención de que otros, más eruditos que yo, puedan aportar luz sobre este asunto. Me limito, por tanto, a provocar el debate literario.
Sentada la justificación, procedamos al análisis.
Comenzamos con un hecho que puede parecer insólito: sobre el mismo personaje, supuestamente han escrito cuatro autores, los evangelistas: San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan. Y digo supuestamente porque hay expertos en la Biblia que cuestionan que hayan sido ellos e, incluso, que no haya sido una sola mano quien lo relatase. Es más, se discute si es la verdadera historia de Jesús, por la existencia de otros textos, llamados Evangelios apócrifos, que recogerían la realidad del personaje.
Admitiendo que fueran cuatro, no es el único caso en la historia de la literatura en que varios autores, en distintos momentos, tratan sobre el mismo tema, especialmente en la llamada novela histórica. En la propia literatura de ficción, tenemos, sin ir más lejos, la obra cumbre: Don Quijote de la Mancha, de cuyo original surgieron imitadores. Sin embargo, esta situación la encontramos con más frecuencia en el arte cinematográfico, en donde se cuentan muchos casos en los que se vuelve sobre un relato para plantearlo desde otro punto de vista.
En cuanto a la fidelidad del texto, el hecho de que haya sido escrito en griego, traduciéndose después a multitud de lenguas (la Biblia es el texto más traducido en la historia, a cerca de dos mil quinientas lenguas), supone la dificultad añadida de aceptar que la versión que leamos sea fiel al relato original, porque en muchos casos está adulterada por quienes la han copiado o publicado. Aquí llamo la atención sobre la denominada Biblia vulgata, que se hizo precisamente para ponerla al alcance de todos los públicos en latín corriente, y no clásico. Y la cuestión no es baladí, porque la acepción de una palabra del original puede variar sensiblemente de un traductor a otro, cambiando el sentido del relato.
En cuanto al género, podríamos calificarlo de histórico, sin el apelativo de novela (más bien, utiliza la técnica periodística), ya que se limita a reseñar los hechos sin aditamentos ni apreciaciones subjetivas del autor, lo cual no significa que no sea literatura, entendiendo ésta como una narración escrita.
No es preciso hacer ninguna sinopsis de la historia por ser harto conocida: versa sobre la vida de Jesús de Nazaret, desde su nacimiento hasta su muerte y posterior resurrección. Pero sí quiero destacar que cuenta con una trama principal: el conflicto que supone para la sociedad de su tiempo la aparición de un individuo que cuestiona las instituciones y la jerarquía y, lo que es más importante, que altera el enfoque de la comunidad poniendo el acento en la vida eterna sobre la terrenal y, sobre todo, abriéndolo a todos los seres humanos, contemporáneos o sucesivos, rompiendo así la exclusividad que la religión judía proclamaba para sí. De ello deriva, a su vez, la trama de si Jesús logrará su propósito y saldrá con vida o morirá. Todos conocemos el desenlace, por lo que huelga referirnos a el. Podemos decir que estamos ante un personaje de contraste, al estilo de Don Quijote de la Mancha o, más modernamente, de Ignatius J. Reilly (La conjura de los necios), que pone en evidencia las peculiaridades de su época permitiendo que el lector pueda apreciar cómo era la sociedad y sus costumbres.
La técnica narrativa es simple. Es un relato cronológico, donde los hechos se suceden sin digresiones ni anticipaciones. No hay tampoco historias paralelas porque todo se ciñe al personaje, que es quien ocupa siempre la escena, directa o indirectamente.
En el punto de vista llaman la atención dos cosas: la primera, que se trata de una obra coral, es decir, hay varios narradores (cuatro) que relatan los mismos hechos, pero no de la misma forma. Esta técnica es novedosa y después la utilizaría Faulkner en su novela Mientras agonizo (As I lay dying), atribuyéndose al mismo esta creación narrativa que, sin embargo, vemos que es muy antigua. El segundo aspecto a destacar es que el narrador, aún siendo testigo de los hechos (en el caso de San Mateo), habla de sí mismo en tercera persona y no en primera, cuando lo razonable es que utilizara esta forma; pero lo hace, sin duda, para restarse importancia a sí mismo respecto al personaje principal. No recuerdo ningún caso en que un autor lo haya utilizado después.
El punto de vista en tercera persona es aséptico y se limita a contar lo que ve, sin referirse a sentimientos, pensamientos o intenciones del personaje que no estén a la vista y éste exteriorice. Esto permite un gran espacio al lector para que sea quien saque sus propias conclusiones, sin manipulación del autor.
Las escenas son muy cortas, casi telegráficas, limitándose el narrador a reflejar el hecho, sin buscar tensión narrativa ajena a la propia importancia de lo que acontece, y saltando de un hecho a otro sin solución de continuidad, forma que hoy se considera la más moderna en la literatura actual. Por ello el ritmo es rápido y constante, sin dilaciones ni aceleraciones. Esta es una de sus grandes virtudes como texto narrativo: se limita a contar las acciones, y son éstas las que, de por sí, atraen la atención del lector, sin que el autor tenga que utilizar trucos para ello. Así es como Augusto Monterroso decía que hay que escribir.
En línea con lo anterior, el tono es monocorde, sin altibajos, pero sin melodramas ni afectaciones, pese a contar hechos de gravedad extrema como es el sufrimiento o la muerte del personaje. Es, una vez más, el hecho en sí el que nos marca el tono, según Jesús esté en una boda, resucitando a su amigo Lázaro o en la cruz.
Respecto a la prosa, al llegarnos sólo traducciones, no es fácil juzgarla; pero sí hay un hecho esencial: no hay adjetivos. Los hechos se presentan desnudos, reforzando la idea anterior. Los malos escritores consiguen conmover al lector a base de adjetivar las acciones, poniendo ellos el acento en su trascendencia. Cuando se escribe de una forma desnuda, como es el caso, si el hecho narrado no tiene importancia, será el lector y sólo el lector, quien lo juzgue, sin que el autor lo manipule. Es otra de las grandes virtudes del Nuevo testamento como texto literario.
De los personajes poco más se puede decir. Hay un protagonista hegemónico y otros personajes secundarios, que en realidad sirven para contextualizar la escena y reforzarle. Nadie ocupa lugar en la visión del lector si el protagonista no llama su atención sobre él (por ejemplo, cuando dice a Pedro que le negará tres veces) o cuando terceros hablan sobre Jesús (por ejemplo, las menciones a los fariseos). Es el protagonista quien llama al escenario a los demás partícipes y les asigna el rol que deben desempeñar.
La ambientación cumple su función. Se nos dice si es de día o de noche, si el clima es bueno o malo, si hay algún elemento que merezca nuestra atención: la barca donde cruzan el mar, los peces que se reproducen milagrosamente, el viento que sopla de forma feroz; pero todo ello sirve para lo que debe servir la ambientación: darnos la información suficiente para que el lector se sitúe y comprenda el devenir de la escena, sin robar protagonismo a los personajes ni rellenar páginas.
En suma, se trata de un gran texto literario, con virtudes dignas de ser emuladas por cualquier escritor actual. De la comparación del mismo con muchas de las obras que se leen actualmente saldrían mal parados la inmensa mayoría de los escritores, incluido el que suscribe estas líneas.
Confío en que este artículo haya suscitado tu interés y quisiera recibir tus comentarios.

11 abril, 2014
por MalditaLiteratura
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El truco de Hemingway.

Sobre el famoso pánico del escritor a la página en blanco se han escrito muchas cosas. Como todo el mundo sabe, básicamente consiste en la incapacidad de desarrollar la obra que el autor tiene en su cabeza para transformarla en texto y, en consecuencia, susceptible de ser leída por otras personas.

La página es, por tanto, el vehículo por el cual la imaginación del autor se materializa en su afán de ser compartida con los llamados lectores. Si el vehículo no funciona, la obra no llegará a existir. De ahí su importancia.

Muchas pueden ser las razones del repentino divorcio entre el autor y la página. En mi opinión, básicamente pueden señalarse las siguientes:

–          Las ideas no están suficientemente maduras para brotar y convertirse en letra.

–          El autor no es capaz de encontrar “el botón de arranque”, es decir, el momento en el que la escena empieza frente al lector.

–          El escritor no está lo suficientemente concentrado como para poder escuchar a los personajes.

–          Cualquier otra cosa que a uno se le ocurra.

Hablando en primera persona, diré que suelo escribir por las tardes, normalmente entre la hora de la siesta y la hora de cenar, que son dos hitos muy importantes en el devenir diario y cuyo estricto cumplimiento no se puede desatender. Pues bien, en esas horas es cuando me pongo delante de la página en blanco.

Suelo tener ganas, lo cual es importante. Pero arrancar me cuesta. Me distraigo con unas y otras cosas antes de ser capaz de plantar la primera letra. Eso sí, una vez metido en faena, ya no tengo ganas de parar y sólo el sagrado deber de alimentarme es capaz de apartarme de la obra.

Una vez leí el truco que utilizaba el maestro Ernest Hemingway para traspasar la frontera entre el mundo real e imaginario, pero me resistía a emplearlo, simplemente porque me gusta terminar la escena y, a ser posible, el capítulo. Pero he de decir que he claudicado ante el mismo y me arrepiento de no haberlo hecho antes; es fantástico para no perder tiempo delante de la página vacía.

Es tan simple como dejar siempre una frase a medio construir. Yo lo llevo un poco más lejos y lo que hago es escribir el primer párrafo de la siguiente escena. De esa forma aprovecho la inspiración en caliente para, en la próxima jornada, continuar sin dilación.

Pues ya lo sabéis. Para momentos de falta de inspiración (literaria, se entiende), utilizad el truco Hemingway y no tendréis páginas en blanco.

4 abril, 2014
por MalditaLiteratura
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¿Crisis editorial?

El pasado día 27 de Marzo, el periódico El Confidencial publicaba un artículo titulado La crisis de la industria Editorial, en el que se recoge la estadística sobre la edición de libros en España en el año 2013. Del mismo extraigo los siguientes datos:

En 2013 se depositaron en la Biblioteca Nacional 56.435 textos, un 19% menos que el año anterior. Primera conclusión: se editan ahora 30.000 títulos menos al año que cuando estalló la recesión. De los 56.435 títulos editados en 2013, 49.001 fueron libros y el resto folletos. Un 98,4% de los títulos fueron primeras ediciones. El resto, un 1,6%, reediciones. Las novelas sumaron un tercio del total, aunque la edición de literatura descendió un 13,6% respecto a 2012. Las autonomías con mayor músculo editorial fueron Madrid (32,2% del total), Cataluña (28,5%) y Andalucía (11,1%). Los títulos editados en castellano sumaron el 80,1%, y los de las otras lenguas cooficiales el 15,3%.

Conforme al título del artículo, la industria editorial atravesaría una crisis de edición de novelas, que es lo que aquí nos interesa. Para corroborarlo o desmentirlo, conviene acudir a la página oficial de la agencia del ISBN (International Standard Book Number; en español, Número Estándar Internacional de Libros o Número Internacional Normalizado del Libro), donde encontramos la siguiente información:

Datos de actividad de la Agencia del ISBN en 2013 El año 2013 termina con un descenso en torno al 15% de casi todos los indicadores de actividad de la Agencia:

Cualquier persona apreciaría que hay una diferencia importante en los datos. ¿Cuál puede ser la explicación? Me voy a aventurar a intentar entenderlo y a compartir con vosotros mis conclusiones que, adelanto ya, pueden ser erróneas.

Para ello, partamos de que en la Biblioteca Nacional, que es de donde el artículo periodístico referenciado obtiene los datos que analiza, se lleva a cabo lo que se denomina el depósito legal, que, según la página web de la propia Biblioteca Nacional, consiste en lo siguiente: El depósito legal es la obligación de depositar ejemplares de las publicaciones de todo tipo, reproducidas en cualquier soporte y por cualquier procedimiento para distribución o comunicación pública, alquiler o venta.

Por su parte, el ISBN consiste en un número que identifica a una obra, no siendo obligatoria su obtención, aunque sí recomendable para permitir su localización, además de servir para fines estadísticos.

La primera conclusión sería que se ha solicitado mayor número de ISBN de las que posteriormente han sido objeto de depósito legal. Esto puede deberse a varias razones: la primera, que no todas las obras para las que se obtiene el ISBN son posteriormente editadas y, en consecuencia, no llegan a depositarse en la Biblioteca Nacional. La segunda, que las obras electrónicas publicadas no tengan acceso al depósito legal; este hecho viene reconocido por la página oficial de dicha Biblioteca, cuando dice: En primer lugar hay que distinguir el depósito de las publicaciones en papel y en soporte físico tangible (CD-ROM, por ejemplo) de las páginas web y de las publicaciones difundidas por Internet. El archivo de Internet se lleva por iniciativa de las bibliotecas conservadoras. La responsabilidad de los editores y productores estriba en facilitar el acceso para la captura de los recursos cuando estas lo requieran. Los editores no tienen, pues, que tomar ninguna iniciativa. En este momento está aún pendiente la publicación del Real Decreto de Constitución de las publicaciones electrónicas en línea donde se detallarán las formas concretas en que desarrollará el mismo.

Como vemos, las dos fuentes oficiales hablan de disminución: el depósito legal y el número de ISBN solicitados, lo que apoyaría la tesis de una crisis. Ahora bien, ¿tenemos toda la información? Creo que no. ¿Cuántos autores auto-publican en soporte electrónico sin obtener el ISBN? Yo, al menos, no lo sé. Por ello, no creo que podamos afirmar que estamos ante una crisis editorial y, mucho menos, ante una crisis de creatividad de los autores.

Lo que podría estar ocurriendo es que “el papel” vaya perdiendo cuota en beneficio del libro electrónico; y que, a su vez, muchos autores opten por auto-editar en soporte electrónico sin pasar por la ventanilla del ISBN. Si es así, no debería considerarse una crisis de creatividad ni tampoco editorial. En todo caso, un deterioro del modelo tradicional y su paulatina sustitución por nuevos cauces en el proceso de edición de las obras literarias .

Puede que sea así o puede que esté totalmente equivocado. Me gustaría saber qué opinas al respecto, a ver si entre todos desvelamos el misterio.

28 marzo, 2014
por MalditaLiteratura
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No lo mates.

Charlaba hace unos días, con mi buena amiga Chelo, acerca de la aparente crueldad de los autores que terminan con la vida de un personaje en una novela.
A todos nos pasa que nos encariñamos con algunos participantes de un relato y sufrimos por las vicisitudes a las que se enfrentan, deseando en todo momento que salgan triunfadores de las mismas y puedan continuar con nosotros.
Partiendo de este principio, parece en efecto una crueldad que termine perdiendo la guerra y con ella su existencia novelesca. Pero, al menos en lo que a mí se refiere, cuando escribo, el primero que sufre su desaparición soy yo, al contemplar, impotente, cómo la narración se come a uno de los míos.
Lo que ocurre es que el narrador no es dueño de las acciones ni de las consecuencias que ellas tengan para los personajes, ni mucho menos de la propia historia que narra. Es un hecho que puede parecer extraño, e incluso extravagante, pero dichos personajes surgen del propio relato y el escritor lo que hace es escucharlos y transcribir su historia para los lectores. El autor se sumerge en un mundo que le es desconocido, al que le conduce su curiosidad, y bucea en él en busca de lo que ahí ocurre, de otra realidad ajena a sí mismo, aunque todo transcurra en el ámbito de su imaginación. Una vez situado en ese contexto, la narración tiene vida propia y el escritor debe ceñirse a ella, sin pretender alterarla ni influir en lo que pueda pasar, ni tan siquiera cuando las consecuencias puedan ser dramáticas. Esto es lo que proporciona coherencia y credibilidad al relato.
Es lo mismo que sienten los documentalistas de escenas de animales en la naturaleza, cuando permanecen impasibles contemplando cómo un depredador se come a una cría de cebra, de gacela o de cualquier otra especie. Al verlas, quisiéramos que interviniese para evitar que eso llegue a ocurrir y no se consume la matanza. Pero su obligación es mostrarnos la crueldad propia de un sistema natural en el que la supervivencia de unos depende de la muerte de otros, que no es sino la realidad de nuestro mundo. Y, por impedir que una criatura muera en un momento dado, no conseguirá nada más que interrumpir momentáneamente el devenir de las cosas.
Estoy seguro que el documentalista también quisiera sentirse héroe y salvar una vida, hecho que todos aplaudiríamos. Pero no es su función. Debe ceñirse a reflejar la realidad, no a buscar la complacencia del público.
Lo mismo le ocurre al escritor. El relato que construye tiene su propia dialéctica. A veces amorosa, a veces cómica, a veces dramática e, incluso, a veces cruel. Si se aparta de la lógica de la historia para complacer al lector, no hace sino alterar lo que pretende contar, aunque no discurra como él mismo quisiera.
Y, creedme, a veces también se llora.

21 marzo, 2014
por MalditaLiteratura
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De mayor quiero ser como tú.

En días pasados rememoraba la figura de un mítico héroe de la lucha libre mexicana: El Santo, a quien admiré en mi infancia mexicana y tuve oportunidad de ver combatir en una velada celebrada en Acapulco. El Santo fue un ídolo dentro y fuera del ring, protagonista de películas (más de cincuenta) y de relatos escritos, símbolo de valores tales como la hidalguía, la fortaleza, la valentía y el misterio, siempre en defensa de los más débiles. Su enigma permitía soñar a cualquiera con ostentar su máscara plateada y hacer el bien de la forma más noble que se puede realizar: desde el anonimato.
Durante toda su vida El Santo mantuvo su secreto a buen recaudo, sin desvelar su identidad hasta poco tiempo antes de morir. Pero aún en el lecho mortuorio lucía su emblema. Cuando murió, y a pesar de que hacía algunos años que no combatía, una auténtica multitud, compuesta mayoritariamente por personas de condición humilde, le acompañaron en su último recorrido. Quienes le conocieron personalmente destacaron siempre sus virtudes como esposo, padre, profesional, amigo y ciudadano. Detrás de su máscara invencible había un ser humano capaz de simbolizar en la vida diaria, sin duda el más feroz de los combates, todos los valores que representaba en el cuadrilátero. La persona y el personaje se fundían así, desde sus diferentes identidades, en un solo héroe. ¿Quién no ha soñado alguna vez con alcanzar esta gloria?
En nuestras lecturas siempre nos identificamos con alguno de los personajes del relato. Normalmente con el protagonista, que suele además encarnar nuestros sueños o, al menos, generar nuestra empatía. Ya, con los años, con la realidad del mundo, solemos descartar a los grandes héroes para buscar en la literatura a seres comunes que afrontan una situación que, por extraordinaria, merece nuestra atención. Personajes que son como nosotros, que luchan por sobrevivir, por vencer las dificultades de la vida, por alcanzar el amor o el éxito.
Cuando un autor consigue mostrarnos a un protagonista dotado de naturalidad y merecedor de nuestra admiración, simpatía o compasión, nos insufla nuevas ansias de vivir, renovados deseos de continuar la aventura que es nuestra existencia, en la ilusión de que, quizás en algún momento, también nosotros merezcamos afrontar experiencias dignas de ser contadas y despertar en los demás los mismos sentimientos, alcanzando la categoría de personajes de novela.
Ese, tal vez, sea el secreto de la literatura.
¿Lo crees así?

14 marzo, 2014
por MalditaLiteratura
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No me cuentes tu vida.

Vivimos una auténtica eclosión de personajes públicos de todos los pelajes: políticos, deportistas, famosillos, que inundan las librerías con sus biografías y cuyas obras merecen la atención de los medios de comunicación, sin duda por la buena gestión de los departamentos de marketing de sus respectivas editoriales.
No es un fenómeno novedoso, ni mucho menos, pero sí llama la atención la proliferación de estas obras, escritas normalmente por autores que se ganan la vida prestando su pluma a historias de otros, y que, al parecer, deben merecer el beneplácito de los lectores, para satisfacción del bolsillo del personaje en cuestión.
Esta situación me lleva a reflexionar sobre dos cosas: la aparente inclinación de los lectores por temas que reflejan la actualidad y el deterioro de la literatura en su vertiente de creación artística.
Sobre la primera diré que hay dos subgéneros literarios que se apoyan en hechos supuestamente ciertos: la biografía y la llamada novela histórica, que más bien llamaría historia novelada si es que el autor se atiene a los acontecimientos, limitando su participación a contarlos de una forma más atractiva que la propia de un libro doctrinal. Cosa distinta es que se apoye en ciertos datos auténticos para ambientar una novela de ficción.
Tradicionalmente, la biografía atendía a personajes relevantes del devenir humano: grandes políticos, artistas, filósofos, etc., es decir, a individuos que han dejado huella en la sociedad. Lo que ahora se publica mayoritariamente son los acontecimientos vividos por personas de segundo nivel, gente que no pasará a la memoria colectiva de la siguiente generación. Entonces, ¿para qué molestarse en comprarlos y, sobre todo, en leerlos? Esa es la cuestión. Aparte de anécdotas (o chismes) más o menos curiosas que nos puedan referir, lo que la gente seguramente busca es conocer el secreto de su éxito para intentar emularlos en lo posible (ellos mismos o sus hijos) y conseguir fama y dinero. No encuentro otra explicación. El paradigma de lo que expongo lo constituyen las biografías de cantantes, actores o deportistas que “escriben” su biografía con menos de treinta años. Por intensa que haya sido su existencia hasta ese momento, dudo que puedan aportar algo a un lector con una cultura mediana. Pero ahí están y la gente los compra.
Esto nos lleva a la segunda reflexión: el deterioro de la literatura. Estamos hablando de obras circunstanciales, es decir, que sólo tienen encaje en un momento determinado, cuando el personaje tiene visibilidad mediática. En el momento en que pasa de moda, su libro en un estante no sirve más que para ocupar sitio y acumular polvo. Por la propia naturaleza de las cosas, esas “obras” no están llamadas a durar, son simples objetos de consumo inmediato, sin llegar a formar parte de la historia de la literatura.
Pero venden. Eso es lo grave. Cualquiera puede tener la tentación de escribir sus andanzas por este mundo, pero que ocupen un lugar preeminente y abundante en los fondos editoriales nos indica hasta qué punto está prostituida buena parte de la industria editorial, que sólo busca réditos a corto plazo, sin importarles lo más mínimo cuestionar su propio prestigio con tal de conseguir pingües beneficios.
Y tú, ¿qué opinas sobre estas biografías?

7 marzo, 2014
por MalditaLiteratura
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Entre todos la mataron…

En los últimos tiempos he visto por Facebook algunos mensajes explicitando su deseo de que no se extinga la literatura. Al principio me sorprendió que alguien plantease tal inquietud, como si le hubiese entrado un repentino ataque de pánico; pero, el reiterarse en diversos muros me ha llevado a pensar que el temor debe tener algún fundamento. Sumido en ese trance reflexivo, he deducido que, en efecto, son varios los riesgos que acucian a nuestro amado arte literario. Más que como lector o autor, quiero analizarlos desde un punto de vista económico, teniendo en cuenta que se trata de una actividad de la que viven miles de personas y cuenta con millones de clientes.
Desde que se tiene conocimiento de la humanidad, hemos sentido el deseo de contar historias y también la curiosidad de conocerlas. Es parte de nuestra condición. Ya las pinturas rupestres, con sus escenas de caza, nos relataban acontecimientos padecidos por la tribu, para conocimiento de sus miembros. Es de imaginar que desde tiempos primitivos también se verbalizaban los relatos para dar cuenta de las hazañas y peligros a que se habían enfrentado los cazadores o de las peripecias sufridas en “la retaguardia”. No es sino muchos siglos más tarde cuando aparece la escritura y, con la imprenta, su desarrollo popular. Posteriormente, la radio, el cine y la televisión han contribuido a difundir relatos de todas clases.
Si bien la necesidad y la curiosidad supongo que existirán mientras sigamos siendo seres humanos, no hay por qué presumir que una de las formas de satisfacerlas tenga que ser mediante la letra escrita. Si algo nos demuestra la evolución es que las necesidades persisten pero los medios para atenderlas cambian, hasta desterrar otros que en su día se consideraron imprescindibles. ¿Por qué no habría de ocurrir lo mismo con la literatura?
Aplicando el análisis empresarial básico a este producto, debemos estructurar las fortalezas y amenazas que afectan a la literatura y su posición en relación a otros competidores que buscan satisfacer la misma demanda. Me limitaré a esbozar las que, en mi opinión, constituyen sus líneas básicas.
La primera fortaleza es la tradición. Desde hace muchas generaciones nos hemos educado mediante la lectura y la escritura. Sin embargo, las nuevas tecnologías también afectan al campo educativo al sustituir los libros por ordenadores y proponer métodos intuitivos para resolver problemas y transmitir el conocimiento, en detrimento del aprendizaje formal.
La segunda fortaleza radica en el prestigio de la literatura, tanto para quien escribe como para quien lee. Se ha considerado siempre un signo distintivo de cultura. Sin embargo, la proliferación de escritores, unida a los actuales gustos literarios, no permiten aseverar que esta fortaleza se mantenga.
En tercer lugar, la existencia de una poderosa industria editorial, con sus correspondientes industrias auxiliares: imprentas, distribución, comercio, publicidad, etc. podría llevarnos a pensar que tenderán a buscar fórmulas que mantengan el negocio. Esta producción tradicional se ve amenazada directamente por la autoedición.
Además de los riesgos señalados, hay otras amenazas nada desdeñables que podrían conllevar la desaparición de la literatura. Para ello, es imprescindible entender lo siguiente: de los ingresos que generan las ventas de libros se obtienen los recursos para que las empresas puedan sostener sus estructuras, realizar sus inversiones y compensar a sus accionistas. A un tiempo, de ahí obtienen también sus ingresos los escritores profesionales y los libreros tradicionales, entre otros. Cuando se pone en marcha una edición se hace una estimación de ventas para determinar dónde está el punto de equilibrio o umbral de rentabilidad que cubra los costes fijos y, a partir del cual, se empieza a ganar dinero, como en cualquier actividad económica. También el escritor prevé sus ingresos para continuar su labor y el librero calcula cuántas unidades necesita vender de todos los libros que expone para que su tienda siga abierta. Si la estimación se supera, el producto es un éxito; si no se alcanza, es un fracaso y se pierde dinero.
Pues bien, aquí hay dos riesgos ciertos:
La piratería. Sé que estoy tocando un tema muy sensible donde es y será imposible que nos pongamos todos de acuerdo. En él convergen cuestiones económicas, éticas, filosóficas, políticas y de otros órdenes. No tengo ni idea de cuál es el volumen de piratería; imagino que dependerá del apetito que se tenga para la lectura de cada obra. Si el objetivo de ventas no se alcanza por las copias ilegales, ni cobra el autor ni cobra la editorial ni el librero puede segur abierto. Esto se puede soportar hasta un límite, a partir del cual surge la pregunta que nos haríamos todos: ¿para qué continuar con un negocio que no es negocio? Las empresas editoriales se dedicarán a otra cosa, los autores profesionales volverán a dedicarse a la enseñanza, el periodismo o cualquier otra actividad y el librero del barrio pondrá una charcutería
Podrá decirse: “bueno, quedarán los autores independientes, que publican en internet e incluso regalan sus libros para darse a conocer”. Sí, pero la piratería también afecta a las autoediciones y regalar la obra se puede hacer en contadas ocasiones.
Ante este panorama, alguien podría proponer que la industria editorial pase a depender de los presupuestos generales del Estado, pero parece harto improbable que lo consiga.
En conclusión, sí hay un riesgo cierto y grave de que la literatura muera por inanición. Si llega a producirse, nos tendremos que conformar con leer las obras ya escritas, sin más opciones que posibles autores aficionados y noveles.
¿Es esto lo que queremos? Si es así, estupendo, vamos por el buen camino. Si no es así y comenzamos a lamentarnos incluso antes de que se consuma el “literaturicidio”, tendremos que ser consecuentes y pagar el precio de los libros, sin entrar en discusiones sobre si son caros o baratos para justificar la piratería, si la cultura es patrimonio de todos o empleando cualquier otro argumento ajeno al económico.
La calidad literaria. Aún en el improbable caso de que todo el mundo pagase lo que consume, no terminan los peligros para el mundo literario. El segundo enemigo de la literatura está dentro de sí misma, en la propia calidad literaria. Al margen de los gustos personales, lo cierto es que un libro tiene como ventaja principal, frente a otros productos que contienen la narración de una historia, que permite detenerse ante un pasaje para reflexionar sobre él, recrearse en su construcción, tomar notas o releerlo por placer. Esto no es posible con una película, una obra de teatro, una radionovela, etc.
Siendo esto así, es esencial, para la propia subsistencia de la literatura, que los libros tengan fondo, que cuenten historias que dejen huella en nuestro interior y sirvan para aprender y madurar como persona. No digo que, a veces, no apetezca algo refrescante, pero no debería ser la tónica.
El lector o lectora que sólo busca entretenimiento en la literatura está, sin saberlo, asesinándola, porque en ese terreno el cine es mucho más potente y lo tenemos metido en casa, a través de la televisión. Para ese tipo de historias es preferible sentarse a ver una película. Es mucho más cómodo. Hace tiempo me dijo una joven persona muy cercana: “yo no leo, solo veo películas”. Si esta mentalidad se impone, lo cual es muy probable, terminaremos siendo seres audiovisuales, como nuestros ancestros en las cavernas. ¿Para qué sirve una habilidad aprendida si no se usa?
Y como el mercado manda, las editoriales grandes, gobernadas por los responsables de marketing y finanzas y solo atentas al cortoplacismo, le dan al público lo que éste quiere, sin importarles lo más mínimo si el producto tiene calidad literaria. Lo importante es hacer caja. Si dentro de diez o veinte años el negocio quiebra porque los jóvenes sólo consumen material audiovisual, pues ya buscarán otro empleo o fusionarán la empresa con una que produzca películas.
Conclusión. No es una quimera que la literatura desaparezca. En tal escenario, los escasos lectores residuales tendrán que buscar con lupa a los pocos escritores aficionados que escriban y, juntos, formar un grupúsculo, casi clandestino, que de forma inconfesable practique la perversa afición a leer, una actividad subversiva por su potencial riesgo para la idiotez colectiva.
En nuestra mano está que no se cumpla el viejo refrán: “entre todos la mataron y ella sola se murió”.
¿Qué estás dispuesta o dispuesto a hacer para evitar que la literatura desaparezca?