Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

¡No me lo puedo creer!

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Por increíble que parezca, el lector de un texto de ficción suele ser mucho más suspicaz e incrédulo en la lectura que en su vida real. No todo se lo cree. Ni siquiera cuando lo que el autor cuenta es veraz. Acepta una mentira verosímil; lo que no tolera es una verdad inverosímil. Y esto, en literatura, puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso de una novela.
Pero vayamos por partes. Existen dos conceptos que conviene diferenciar: la veracidad y la verosimilitud. Parecen lo mismo, pero no lo son. Según el diccionario de la RAE, la veracidad es la cualidad de veraz, que tiene aquel que dice, usa o profesa siempre la verdad; en tanto que la verosimilitud es la cualidad de verosímil, que es lo que tiene apariencia de verdadero.
Dicho lo anterior, permítanme que les cuente dos anécdotas:
Viviendo en Madrid, fui en viaje de trabajo a Huatulco, estado de Oaxaca (en donde no había estado jamás), en la República Mexicana. Visitábamos un centro de formación del sector turístico y un señor, al que me acababan de presentar como Gerente del mismo, me preguntó:
– ¿Tú eres José Luis Abascal?
– Sí. – le contesté.
– ¿José Luis Abascal Jiménez?
– Así es.
Se trataba, ni más ni menos, de un compañero de estudios (Guillermo) que tuve en mi colegio (el Colegio Madrid) de la capital mexicana, cuando vivía ahí, más de treinta años antes. Guillermo residía en ese momento por motivos de trabajo en la preciosa Huatulco.
En otra oportunidad, estando de viaje por Andalucía, fuimos a comer al faro de Cádiz. Hablando con mis dos acompañantes, noto que se levanta un señor de una mesa próxima, al que no había visto jamás, se me acerca y me pregunta lo mismo: ¿tú eres José Luis Abascal? a lo que contesto afirmativamente. Entonces se identifica. Era un abogado gaditano (mi amigo Javier), con el que había tratado diversos asuntos profesionales, pero siempre por vía telefónica. Ante mi asombro, me dijo que me había reconocido por la voz.
A cualquiera de ustedes estas anécdotas les podrán parecer llamativas, pero nadie dudará de su veracidad. Y hacen bien, porque son rigurosamente ciertas.
Ahora bien, si yo incorporara cualquiera de estas situaciones en alguna de mis novelas, el lector diría: “éste me está tomando el pelo”. No le resultaría verosímil.
El autor de ficción tiene que ser muy cuidadoso con los acontecimientos del relato, especialmente si conllevan un giro en la historia, porque el lector puede perder en ese momento la credibilidad en el texto y cerrar el libro para siempre.
En la vida real cabe la casualidad; en la ficción, no. De ahí la enorme dificultad de crear una historia que resulte verosímil en todo momento, hasta el punto de que el lector la sienta verdadera y la haga suya. Ese es el reto de un buen escritor.

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