Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

“Mi” García Márquez.

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Cumplidas las honras fúnebres con las que se ha despedido formalmente a la persona, quiero referirme al escritor, que en realidad nos dejó hace diez años, cuando publicó su última obra: Memoria de mis putas tristes, pero que ha seguido y seguirá vivo en el recuerdo de cuantos nos hemos deleitado con su pluma.

Soy de la opinión de que cualquier obra de arte, una vez hecha pública, tiene dos dueños: el autor y el destinatario, que en literatura es el lector. Cuando leemos una obra la incorporamos tanto a nuestra memoria como a nuestro corazón; en este proceso la hacemos nuestra, pasando a tener una nueva realidad, la que cada uno de nosotros le proporcione con su visión del texto.

Después de haber leído casi todas sus obras, quiero aquí exponer aquí cuál es la huella que el Maestro ha dejado en mí, es decir, cómo es “mi” García Márquez, para lo cual distinguiré tres planos: temática, técnica literaria y prosa.

Respecto a su temática, puede calificarse de costumbrista porque, como él mismo dijo en diversas ocasiones, se limitaba a transcribir lo que veía en su entorno, razón por la que su Caribe natal ocupa un lugar preeminente. A lectores de otras culturas, García Márquez les sorprendió al exponerles una forma tan distinta de concebir la existencia, donde la vida y la muerte, lo real y lo sobrenatural, se entrelazan de forma indisoluble y con absoluta naturalidad. A este fenómeno se denominó “realismo mágico”.

En mi caso, el haber nacido y ser criado en México, país de una imaginación desbordante donde cualquier cosa es posible, por extravagante que pueda parecer, sus historias no me sorprenden, las asumo con la mayor normalidad. De hecho, Juan Rulfo escribió su “Pedro Páramo”, reflejo de esa cultura sincrética, doce años antes de que Garcia Márquez diera vida pública a “Cien años de soledad”.

En cuanto a la técnica literaria, mi opinión es que García Márquez no fue un gran innovador, a diferencia de otros autores contemporáneos (Rulfo, Borges, Cortázar o Carlos Fuentes, entre otros). Ni sus estructuras son complejas, ni el punto de vista es original. Se ha alabado su utilización del tiempo y del espacio y es verdad que en estos dos apartados se maneja muy bien. Pero crear un espacio imaginario ya lo habían hecho otros autores (entre ellos, Faulkner); y, en cuanto al tiempo, tampoco llega a extremos arriesgados. En el caso de “Cien años de soledad”, su lectura es complicada, que no compleja, por la abundancia de personajes (cuatro generaciones) y por el hecho de que la mayoría de ellos comparten nombres, con lo que es fácil perderse en el relato, pero esto nada tiene que ver con la originalidad de la arquitectura interior de la obra.

¿Y qué le ha hecho entonces para llegar a ser uno de mis autores favoritos? Pues ni más ni menos que enamorarme de sus relatos merced a su inmenso talento narrativo, casi insuperable, capaz de contarte cualquier historia, por simple que fuera, con una belleza, una armonía, una continuidad, un ritmo, un lirismo extraordinarios. En su prosa utiliza mucho el llamado “lenguaje literario”, más próximo a la poesía que a la expresión moderna; pero, lo que en otros autores resultaría empalagoso, en él es un manjar. Asombra su capacidad para presentar las cosas y los ambientes con similitudes que despiertan la emotividad, para manifestar los pensamientos y los sentimientos de manera alejada de la vulgaridad, con precisión de cirujano y, a un tiempo, con la evocación propia de los grandes poetas.

A “mi” García Márquez lo he imaginado como uno de esos narradores que, a la intemperie, al calor de una fogata en la oscuridad de la noche, te embrujan con su palabra, te cautivan hasta hacer desaparecer tu identidad para incorporarte a su mundo imaginario, donde, subyugado, fascinado, pasas a formar parte indisoluble y perpetua de sus cuentos. Y, como cualquiera de esos narradores nómadas, al terminar sus relatos debe marcharse en busca de nuevos espectadores que engrosen su cúmulo de seguidores. Lo he entendido, pero no he podido ni querido evitar sentirme solo, abandonado, huérfano de su palabra, anhelante de su próxima historia.

La capacidad para generar estos sentimientos, al alcance de muy pocos, es la verdadera esencia de un escritor.

Le echaré de menos, Maestro. Algo de mí también se ha ido con usted.

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8 Comentarios

  1. Para mí ha sido el más grande. Por su forma de narrar, por su originalidad en la creación de los personajes y por esa prosa poética que, como bien dices, lejos de resultar empalagosa es un manjar. Pero además hay otra cosa que me maravilla de sus obras: la forma en que comienzan. Un primer párrafo como el de Cien años de soledad solo puede salir de la pluma de un maestro. Algo de todos los que amamos la Literatura se ha marchado con él…

    • Gracias, Rocío, por tu comentario. Es cierto, sus aperturas son realmente magistrales. Él decía en una entrevista, refiriéndose a su obra “Crónica de una muerte anunciada”, que con la primera frase ya había atrapado al lector y que éste no soltaría el libro hasta querer saber cómo, dónde, quién mataría al personaje.

  2. No he leído toda su obra pero “El amor en tiempos del cólera” es mi libro preferido. Pensaba que me resultaría pesado, difícil de leer y descubrí una obra de arte. La fecha de su muerte no impedirá que seguiremos leyendo sus libros hasta dentro de muchos años. Su obra es eterna.

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