Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

La semiótica del personaje.

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Umberto Eco, en su obra “Apocalípticos e integrados” y en ensayos posteriores, trató el tema de la semiótica de los medios de comunicación, donde abordaba la simbología escondida detrás de los mensajes publicitarios y de las noticias publicadas. Yo quiero volver a poner este asunto sobre la mesa, pero centrándome en los personajes literarios.
La pregunta que me hago es: ¿se puede analizar semióticamente a un tipo de personajes y, en caso afirmativo, concluir que representan a toda una época e, incluso, que trascienden de ella adquiriendo un carácter de permanencia?
Veamos algunos ejemplos:
En la mitología griega proliferan los héroes, personas especialmente dotadas y, en la mayoría de los casos, emparentadas con los dioses, capaces de conseguir lo que no está al alcance de sus contemporáneos. Luchan entre sí, contra los propios dioses, contra monstruos y contra toda clase de seres sobrenaturales. Se les admira y envidia, pero, ¿qué simbolizan? Situemos la época. El hombre intenta avanzar en el conocimiento, pero aún tiene muchas más preguntas que respuestas. Sigue habiendo muchas zonas oscuras en las que habitan fuerzas cuya existencia conoce pero a las que no entiende, que le superan y a las que tiene que enfrentarse para sobrevivir, sin más armas que su inteligencia y su valor. En ese contexto, a las fuerzas se les “humaniza” para sentirlas más próximas e intentar comprenderlas, al tiempo que se les venera y, cuando no hay más remedio, se les combate. En estos casos, los héroes asumen la defensa del ciudadano a cambio de sumisión y recompensa. En la vida política, los aristócratas – clase dominante, los elegidos por los dioses – se identifican con los héroes para arrogarse el liderazgo natural sobre los ciudadanos.
En la edad media no se ha avanzado mucho. Los caballeros que protagonizan los relatos siguen perteneciendo a la aristocracia – una clase superior – y soportando la defensa de los siervos con esa aureola de heroicidad.
En el renacimiento se mantiene la misma estructura. En las maravillosas obras de Shakespeare los protagonistas son mayoritariamente de la nobleza. Se mantiene la estructura de poder y ésta se refleja en los textos literarios.
Cierto es que con la llegada de la burguesía a raíz de la revolución francesa, el personaje evoluciona sustituyendo la espada por la inteligencia y la astucia; pero, salvo excepciones (la maravillosa obra “Los miserables”), sigue utilizando a los privilegiados como protagonistas de sus novelas: “Orgullo y prejuicio”, “Guerra y paz”, “La Regenta”, en donde se siguen exponiendo los problemas de la aristocracia y alta burguesía sobre el “populacho”.
A partir de la segunda guerra mundial aparece un tipo de personaje (básicamente en los comics), que representa al superhéroe, dotado de una capacidad sobresaliente (física y/o intelectual) y las mejores intenciones, que va por el mundo salvando a cuantas personas corren peligro. Aquí ya no se enfrenta a dioses o criaturas venidas del averno, sino con otros seres humanos también extraordinarios, cargados de maldad y con gran aptitud para infligir daño a escala mundial, y, a veces, también con extraterrestres; en ambos casos representan los peligros a los que nos enfrenta la sociedad de su época. El personaje normalmente es de nacionalidad estadounidense, al igual que las víctimas y el lugar donde ocurren los hechos. Cierto es que también los hay de otras nacionalidades, por ejemplo, James Bond, pero son minoritarios. No buscan la emulación, sino la sumisión de las personas normales, su admiración y el sentimiento de que la justicia siempre termina triunfando. Representan el poder, en el que hay que depositar nuestra confianza. Son la proyección de una ideología (la estadounidense) salvadora del mundo por su intervención en las dos grandes guerras. En buena medida, una forma de propaganda política.
Con el tiempo esos mismos personajes han cambiado. Ya no son infalibles, ya no son un dechado de virtudes, ya sufren como los demás, pero son políticamente correctos (James Bond ya no fuma). Se ha modificado la apariencia para que sean más acordes con los tiempos actuales y nos resulten admisibles. Aún así, terminan siempre triunfando sobre el mal. El poder ya no está en manos de hombres superiores, sino de personas como nosotros, pero a los que hay que agradecer sus desvelos y su sacrificio en pos del bien común.
Pero ya no sentimos tanta atracción por estos personajes. Hoy preferimos otro tipo de protagonistas, gentes de la calle que se enfrentan a situaciones de gran tensión y riesgo, con los que emtapizamos más fácilmente, porque podríamos ser uno de nosotros. Desafían, como siempre, situaciones injustas, pero sus enemigos no son superdotados, sino personas normales y corrientes que buscan objetivos repudiables. Entrañan la lucha de cualquiera contra la injusticia que puede acecharnos en cualquier momento, en cualquier lugar, en una batalla con otros de nuestra misma condición. Implican la erradicación de seres superiores y, a un tiempo, reflejan que, más que a la naturaleza, más que a lo sobrenatural, más que a los dioses, a quienes debemos temer son a nuestros semejantes, a los que conviven con nosotros. En consecuencia, ya no necesitamos salvadores, ya no admitimos superhombres, todos somos iguales y tenemos las mismas oportunidades para el bien o para el mal. La lucha por la supervivencia se ha humanizado, se ha popularizado y, mayoritariamente, se ha urbanizado.
En síntesis, cada época tiene sus personajes, con los que evidencia sus valores y sus temores. Con ellos se nos adoctrina y en ellos se nos ofrece una guía para la supervivencia, física o emocional.
Aquí lo dejo, con la confianza de que te animes a dar tu opinión al respecto.

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