Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

La literatura, ¿arte o negocio? (2ª parte).

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El escritor puede buscar el éxito fácil, contentando a los lectores, o tratar temas más complejos y componerlos de forma original, aún a costa de que no guste a la gente. En el primer caso, prima el negocio. Se escriben libros como se pueden fabricar coches. En el segundo, lo que se pretende es innovar, crear de otra forma. Y, si después llega el éxito, pues magnífico, pero no es ese el objetivo.
La línea que separa ambos conceptos, arte o negocio, es muy fina y no necesariamente tienen que contraponerse de forma radical. Casi todos los escritores buscan maravillar y maravillarse, al tiempo que conquistar la gloria y la riqueza, pero no todos adoptan la misma actitud para ello ni priorizan esos objetivos de la misma manera. Veamos ejemplos concretos: Kafka pidió a su amigo Max Brod que destruyera toda su obra al morir. Joyce tardó ocho años en escribir “Ulises” y su objetivo, tal y como confesó, era dejar a la crítica discutiendo los dos siglos siguientes acerca de lo que había querido hacer. Cela, según se dijo, concibió “Madera de boj” para que en la Academia sueca se dieran cuenta de que también sabía escribir a un alto nivel. Patterson ha llegado a escribir diez novelas en sólo un año, siendo el autor que más ingresos recauda. Aquí hay cuatro modelos: el que escribe para sí; el que escribe para la crítica; el que escribe para el reconocimiento público; y el que escribe para ganar dinero. Ahora, pregunto a lector: si escribes o fueras escritor/a, ¿con cuál de estas actitudes te identificas más?
En cualquier caso, escribir es una vocación. Si se siente, tarde o temprano, hay que enfrentarse a un folio en blanco para dar rienda suelta a lo que bulle en la cabeza y el corazón. Al principio, cuando se escribe la primera novela, el novel no se plantea nada de lo que aquí se comenta. Bastante tiene con ser capaz de hilvanar una historia y contarla de una forma más o menos ordenada e interesante. Pero, a medida que va desarrollando su «carrera literaria» (sea o no remunerada), inexorablemente tendrá que enfrentarse a estas cuestiones, porque de ello dependerá los temas que elija, cómo construya las historias, la prosa que emplee, el punto de vista desde el que las cuente e, incluso, el final que quiera darles. Ahí empiezan las tentaciones de escribir lo que realmente se quiere o ser complaciente con los lectores. En la literatura de los años sesenta, autores como Cortázar (“Rayuela”), Borges («El Aleph») o Carlos Fuentes («La muerte de Artemio Cruz”), buscaban nuevas formas de construir y relatar una historia, jugando con los aspectos que señalados anteriormente, con una literatura comprometida y nada fácil.
En la actualidad hay pocos autores que arriesguen. Se busca más el éxito comercial. Cuanto más sencillo sea el texto, a más gente le gustará y más fácil será encontrar un editor que quiera arriesgar su dinero con la obra. Por eso es necesario, en algún momento, plantearse qué quiere uno hacer, resolver el dilema y asumir las consecuencias, teniendo en cuenta que cada día se impone más la literatura de consumo, aquella en la que la industria editorial busca sólo la rentabilidad, el autor ganar dinero y el lector entretenerse.
¿Y el arte? Bueno, ¿a quién le importa?

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