Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

La edad del escritor.

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Cuando decidí tomarme en serio la posibilidad de escribir, me apunté a un curso de novela en una escuela madrileña. Éramos un grupo pequeño (ocho o diez, no recuerdo con exactitud), heterogéneo en todos los sentidos: sexo, edad, profesión, experiencia literaria, etc. Si no me falla la memoria, yo era uno de los más veteranos por razones cronológicas, que no artísticas.
En el extremo opuesto había varios compañeros jóvenes. Uno de ellos expresó en cierta ocasión su queja acerca de por qué la edad tenía que ser una cualidad del escritor. Lo hizo de forma espontánea, porque no recuerdo que nadie planteara el asunto. Y su queja quedó ahí, sobre la mesa, sin que nadie la recogiera.
Tampoco sé por qué de repente me ha venido a la memoria este asunto en uno de mis paseos en soledad. Pero me ha parecido atractivo reflexionar sobre ello, tal vez, de entrada, en un contexto más amplio para centrarnos después en el ámbito literario.
A lo largo de la historia han existido insignes instituciones que concitaban la experiencia de los mayores como guía para el resto de la sociedad. Encontramos Consejos de Ancianos en las sociedades griega, judía, africanas, gitana, hasta en la Francia revolucionaria… La edad se consideraba un valor al servicio del grupo, un cúmulo de conocimiento y experiencia.
Hoy, sin embargo, suele ocurrir al contrario. Merced a la revolución tecnológica que vivimos, es frecuente que los hijos o los nietos atiendan condescendientemente al ruego de sus mayores cuando les piden ayuda para resolver cualquier problema informático. Esta ventaja la han extendido, sin que se sepa por qué, a todos los ámbitos de la vida, considerando que los mayores no sólo no tienen nada que enseñar a la juventud, sino que, antes al contrario, son una rémora por su torpeza. El ejemplo paradigmático es la “limpia” que han hecho empresas en los sectores bancario, tecnológico, servicios, etc. Para estas entidades, una persona de treinta y cinco años se aproxima peligrosamente a su fecha de caducidad. Claro que luego llega una crisis como la que nos asola y ninguno de ellos sabe de qué se trata porque crecieron en época de bonanza y no han conocido otra cosa. Esto explica algunos de los tantos errores y despropósitos que se han cometido.
En este contexto, donde la edad se convierte en un hándicap, en un contratiempo, en un elemento negativo, ¿por qué tendría que ser distinto en la literatura? Lo suyo es que vengan autores jóvenes, que nos hablen de temas actuales (como el amor en las redes sociales, crímenes cibernéticos o diminutos personajes que se ocultan en el disco duro del ordenador, por ejemplo) y nos pongan al día. ¿Para qué buscar autores señeros que no son de la generación 2.0?
Tal vez aquel compañero de ilusiones tenía razón y la edad ya no sea una virtud del escritor, sino todo lo contrario.
Me gustaría saber qué opinas.

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