Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

La Biblia como texto literario.

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Sea uno creyente o ateo, cristiano o adepto de cualquier otra religión, lo que nadie puede negar es la importancia que la vida de Jesús de Nazaret ha tenido para la historia de la humanidad, sin la cual seguramente el mundo sería diferente al que conocemos. Hablar de la figura de Jesús sería impropio de un blog literario, pero no lo es analizar el texto en donde se recoge su existencia: la Biblia, concretamente el llamado Nuevo testamento, en su vertiente de obra literaria.
Comienzo diciendo que el tema que hoy propongo da para una tesis doctoral y que circunscribirlo al reducido espacio que un artículo impone sólo permite trazar sus líneas básicas, con la sana intención de que otros, más eruditos que yo, puedan aportar luz sobre este asunto. Me limito, por tanto, a provocar el debate literario.
Sentada la justificación, procedamos al análisis.
Comenzamos con un hecho que puede parecer insólito: sobre el mismo personaje, supuestamente han escrito cuatro autores, los evangelistas: San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan. Y digo supuestamente porque hay expertos en la Biblia que cuestionan que hayan sido ellos e, incluso, que no haya sido una sola mano quien lo relatase. Es más, se discute si es la verdadera historia de Jesús, por la existencia de otros textos, llamados Evangelios apócrifos, que recogerían la realidad del personaje.
Admitiendo que fueran cuatro, no es el único caso en la historia de la literatura en que varios autores, en distintos momentos, tratan sobre el mismo tema, especialmente en la llamada novela histórica. En la propia literatura de ficción, tenemos, sin ir más lejos, la obra cumbre: Don Quijote de la Mancha, de cuyo original surgieron imitadores. Sin embargo, esta situación la encontramos con más frecuencia en el arte cinematográfico, en donde se cuentan muchos casos en los que se vuelve sobre un relato para plantearlo desde otro punto de vista.
En cuanto a la fidelidad del texto, el hecho de que haya sido escrito en griego, traduciéndose después a multitud de lenguas (la Biblia es el texto más traducido en la historia, a cerca de dos mil quinientas lenguas), supone la dificultad añadida de aceptar que la versión que leamos sea fiel al relato original, porque en muchos casos está adulterada por quienes la han copiado o publicado. Aquí llamo la atención sobre la denominada Biblia vulgata, que se hizo precisamente para ponerla al alcance de todos los públicos en latín corriente, y no clásico. Y la cuestión no es baladí, porque la acepción de una palabra del original puede variar sensiblemente de un traductor a otro, cambiando el sentido del relato.
En cuanto al género, podríamos calificarlo de histórico, sin el apelativo de novela (más bien, utiliza la técnica periodística), ya que se limita a reseñar los hechos sin aditamentos ni apreciaciones subjetivas del autor, lo cual no significa que no sea literatura, entendiendo ésta como una narración escrita.
No es preciso hacer ninguna sinopsis de la historia por ser harto conocida: versa sobre la vida de Jesús de Nazaret, desde su nacimiento hasta su muerte y posterior resurrección. Pero sí quiero destacar que cuenta con una trama principal: el conflicto que supone para la sociedad de su tiempo la aparición de un individuo que cuestiona las instituciones y la jerarquía y, lo que es más importante, que altera el enfoque de la comunidad poniendo el acento en la vida eterna sobre la terrenal y, sobre todo, abriéndolo a todos los seres humanos, contemporáneos o sucesivos, rompiendo así la exclusividad que la religión judía proclamaba para sí. De ello deriva, a su vez, la trama de si Jesús logrará su propósito y saldrá con vida o morirá. Todos conocemos el desenlace, por lo que huelga referirnos a el. Podemos decir que estamos ante un personaje de contraste, al estilo de Don Quijote de la Mancha o, más modernamente, de Ignatius J. Reilly (La conjura de los necios), que pone en evidencia las peculiaridades de su época permitiendo que el lector pueda apreciar cómo era la sociedad y sus costumbres.
La técnica narrativa es simple. Es un relato cronológico, donde los hechos se suceden sin digresiones ni anticipaciones. No hay tampoco historias paralelas porque todo se ciñe al personaje, que es quien ocupa siempre la escena, directa o indirectamente.
En el punto de vista llaman la atención dos cosas: la primera, que se trata de una obra coral, es decir, hay varios narradores (cuatro) que relatan los mismos hechos, pero no de la misma forma. Esta técnica es novedosa y después la utilizaría Faulkner en su novela Mientras agonizo (As I lay dying), atribuyéndose al mismo esta creación narrativa que, sin embargo, vemos que es muy antigua. El segundo aspecto a destacar es que el narrador, aún siendo testigo de los hechos (en el caso de San Mateo), habla de sí mismo en tercera persona y no en primera, cuando lo razonable es que utilizara esta forma; pero lo hace, sin duda, para restarse importancia a sí mismo respecto al personaje principal. No recuerdo ningún caso en que un autor lo haya utilizado después.
El punto de vista en tercera persona es aséptico y se limita a contar lo que ve, sin referirse a sentimientos, pensamientos o intenciones del personaje que no estén a la vista y éste exteriorice. Esto permite un gran espacio al lector para que sea quien saque sus propias conclusiones, sin manipulación del autor.
Las escenas son muy cortas, casi telegráficas, limitándose el narrador a reflejar el hecho, sin buscar tensión narrativa ajena a la propia importancia de lo que acontece, y saltando de un hecho a otro sin solución de continuidad, forma que hoy se considera la más moderna en la literatura actual. Por ello el ritmo es rápido y constante, sin dilaciones ni aceleraciones. Esta es una de sus grandes virtudes como texto narrativo: se limita a contar las acciones, y son éstas las que, de por sí, atraen la atención del lector, sin que el autor tenga que utilizar trucos para ello. Así es como Augusto Monterroso decía que hay que escribir.
En línea con lo anterior, el tono es monocorde, sin altibajos, pero sin melodramas ni afectaciones, pese a contar hechos de gravedad extrema como es el sufrimiento o la muerte del personaje. Es, una vez más, el hecho en sí el que nos marca el tono, según Jesús esté en una boda, resucitando a su amigo Lázaro o en la cruz.
Respecto a la prosa, al llegarnos sólo traducciones, no es fácil juzgarla; pero sí hay un hecho esencial: no hay adjetivos. Los hechos se presentan desnudos, reforzando la idea anterior. Los malos escritores consiguen conmover al lector a base de adjetivar las acciones, poniendo ellos el acento en su trascendencia. Cuando se escribe de una forma desnuda, como es el caso, si el hecho narrado no tiene importancia, será el lector y sólo el lector, quien lo juzgue, sin que el autor lo manipule. Es otra de las grandes virtudes del Nuevo testamento como texto literario.
De los personajes poco más se puede decir. Hay un protagonista hegemónico y otros personajes secundarios, que en realidad sirven para contextualizar la escena y reforzarle. Nadie ocupa lugar en la visión del lector si el protagonista no llama su atención sobre él (por ejemplo, cuando dice a Pedro que le negará tres veces) o cuando terceros hablan sobre Jesús (por ejemplo, las menciones a los fariseos). Es el protagonista quien llama al escenario a los demás partícipes y les asigna el rol que deben desempeñar.
La ambientación cumple su función. Se nos dice si es de día o de noche, si el clima es bueno o malo, si hay algún elemento que merezca nuestra atención: la barca donde cruzan el mar, los peces que se reproducen milagrosamente, el viento que sopla de forma feroz; pero todo ello sirve para lo que debe servir la ambientación: darnos la información suficiente para que el lector se sitúe y comprenda el devenir de la escena, sin robar protagonismo a los personajes ni rellenar páginas.
En suma, se trata de un gran texto literario, con virtudes dignas de ser emuladas por cualquier escritor actual. De la comparación del mismo con muchas de las obras que se leen actualmente saldrían mal parados la inmensa mayoría de los escritores, incluido el que suscribe estas líneas.
Confío en que este artículo haya suscitado tu interés y quisiera recibir tus comentarios.

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6 Comentarios

  1. Una vez me propuse leer la Biblia porque creo que así se capta mejor el arte, la literatura o la música de siglos anteriores. De hecho, comencé por el Antiguo Testamento, y fui anotando lo que me parecía curioso. Obviamente, no llegué muy lejos (he de confesar que debo retomarla), pero descubrí que, por ejemplo, en ningún momento pone que Eva comiese una manzana (no te especifica el fruto) y la obsesión (quizá enfermiza) que había con la fertilidad de la mujer y la descendecia.

    Un saludo desde
    -La boca del libro-

    • Gracias, María, por tu comentario. Leer la Biblia es una tarea ardua pero muy aconsejable, al margen de las creencias religiosas. Es una forma de entender nuestra historia y nuestro presente en todas sus vertientes: social, política, filosófica, artística y, por supuesto, religiosa. Saludos.

  2. A mí todos los años me ocurre lo mismo. Después de Semana Santa me entra el gusanillo de meterme de lleno en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Pensaba que eran dos textos altamente peligrosos por lo que significaban para muchos, dispuestos a matar incluso en algunas épocas por una determinada interpretación de un pasaje concreto. Verlo como tú lo ves, como un buen texto literario a secas, me anima y me motiva a meterme de nuevo este año con ellos. ¿Sabes que en los cuatro Evangelios se obvian muchos años de la vida de Jesucristo, desde su infancia hasta que aparece de nuevo casi al final para morir? Esa parte de su vida de la que no se sabe nada es la que tratan de desvelar los evangelios apócrifos, que no es que sean falsos, sino que no están aprobados por la Iglesia. Lo curioso es que no se aprobaron por una mera cuestión de espacio, no por nada en concreto. Había que elegir cuatro, simplemente.

    Fantástica entrada, te felicito!!

    • Gracias, querido Félix, por tu comentario; como siempre, resulta muy enriquecedor. Sería apasionante organizar una tertulia sobre este tema, despojándolo por supuesto de su carácter religioso, que es el que puede herir susceptibilidades. Al mencionar que se eligieron cuatro evangelios por razones de espacio, descartando los demás (dato que no conocía), me ha salido la vena de jurista y lo he enlazado con el hecho de que dos testimonios en el mismo sentido se consideran prueba plena; cuatro vendrían a ser una demostración indiscutible de la certeza de lo relatado, si bien sólo el testimonio de San Mateo es directo, al ser el único que participó en muchos de los acontecimientos. Como sabemos, se discute si Juan, el apóstol, es el mismo que Juan, el evangelista, por lo que su testimonio puede o no ser directo. Un abrazo.

  3. Muy buen trabajo. A mis alumnos de Universal les ha ayudado mucho. Un abrazo

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