Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

In medio stat virtus.

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Leía hace unos meses, como parte de la campaña publicitaria de lanzamiento, una entrevista a una escritora de novela negra de cuyo nombre no quiero acordarme, en la que se vanagloriaba de haber escrito su última obra en tan sólo quince días.
Frente a esta presteza narrativa, James Joyce tardó diecisiete años en escribir su “Finnegans Wake”, afectado, tal vez, por el “síndrome de la obra inacabada”, un mal que atormenta a los escritores que, en busca de la perfección, revisan y revisan su obra, incapaces de ponerle fin, olvidando la frase: “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Hasta el propio Leonardo da Vinci lo padeció.
Toda obra requiere un tiempo de maduración y también el momento de ponerle punto y final, asumiendo que contendrá errores, inexactitudes y seguramente una prosa mejorable. De lo contrario se puede padecer el mencionado síndrome, que impide al escritor crear nuevas obras.
Cuando el escritor afronta un tema del que ignora más de lo que sabe, es necesario documentarse lo suficiente para que aquello que escriba tenga el suficiente fundamento para no resultar una osadía. Aún así, no se trata de llegar al conocimiento más profundo, a nivel de experto, pues en tal caso lo más probable es terminar aburriendo al lector.
Traigo esto a colación respecto de mi nueva novela, “La flor de la mandrágora”, de la que os hablaré la próxima semana, que me ha exigido una gran labor de información y revisar y revisar hasta la extenuación, hasta que he decidido darla por buena y que vengan después los “enterados” a buscar los fallos en los que haya podido incurrir.
Prefiero asumir ese riesgo antes de que me ocurra como a ese autor que, obsesionado porque su obra no contuviese ningún fallo, lo revisó una y cien veces y, cuando lo publicó, orgulloso de su esfuerzo, incluyó al final del libro una nota que textualmente decía: “este libro no contiene errotas”.
No sé si fueron los duendes de la imprenta o alguna jugada del destino. En cualquier caso le sirvió como lección de humildad para entender que no existe la obra perfecta. A fin de cuentas, sólo somos seres humanos.
¿Recuerdas alguna obra en la que descubrieras gazapos?

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