Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

¿Estamos locos o qué?

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“Para ser escritor hay que estar loco”, tiene escrito el maestro García Márquez. No sabemos si se refiere a que los esfuerzos y carencias del escritor tienen poco premio en la mayoría de los casos o a que debe uno padecer un trastorno mental para ser capaz de concebir historias de ficción, convertirlas en una narración y, encima, tener el valor de exponerlas al público.
De la primera acepción no hay duda. Quien escribe la tiene asumida y es tan cierta que no creo que mereciese la reflexión del artista. Más bien deduzco que estaba pensando en que, quien busca dedicar su vida a escribir (no por mero pasatiempo), debe tener un tornillo flojo. De ello hay múltiples antecedentes. Recordemos algunos.
La depresión afectó a Lord Byron, a Hölderin (de quien se dice padecía esquizofrenia) y a Hemingway, que se marchó de este mundo por la vía rápida. Trastorno bipolar padeció Virginia Woolf, que la condujo también al suicidio. Más leve puede calificarse la agorafobia, una enfermedad que genera episodios de pánico cuando el enfermo se encuentra en lugares públicos o con aglomeraciones, que impidió a la premio Nobel de literatura de 2004, la austríaca Elfriede Jelinek, asistir al acto de entrega.
No se trata aquí de hacer un catálogo de las posibles enfermedades mentales que acechan al escritor, ni de intentar diagnosticar cuál es la causa que conduce a tales desequilibrios, pero sí de recalcar que, a mi juicio, hay ciertas condiciones que propician estos comportamientos.
En primer lugar, la obsesión por mundos de fantasía, tan alejados de la realidad en muchos casos, en donde el escritor se encuentra cómodo. Es su hábitat natural. Ahí ocurren las cosas que pergeña su imaginación, encuentra a los personajes que pueden vivir esas situaciones y, normalmente, ni él (o ella) mismo sabe qué va a ocurrir.
En segundo lugar, el aislamiento que suele manifestar el escritor. Es muy difícil crear una historia en un mundo lleno de alboroto, que nos altera física y emocionalmente con su trajín diario. El escritor se convierte en un anacoreta de las letras.
En tercer lugar, la enorme dificultad de trasladar a un texto los sentimientos, pensamientos y ensoñaciones del escritor. Decía Goethe que «Pensar es fácil; actuar, difícil; transformar los pensamientos en actos es lo más difícil.» Las palabras traicionan al escritor y, sin embargo, no puede vivir sin ellas.
Finalmente, la intangibilidad propia de la creación artística, tan sometida a la subjetividad de los destinatarios (los lectores, en este caso), a la incomprensión de los críticos y al fracaso que conlleva no encontrar un editor o que las ventas no respondan.
Seguramente hay más. Pero basten estas para poner de manifiesto los riesgos a los que se enfrenta quien, llamado por su vocación o devoción, pretende dedicar su vida al oficio de escritor. Quedamos todos advertidos.

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