Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

Entre todos la mataron…

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En los últimos tiempos he visto por Facebook algunos mensajes explicitando su deseo de que no se extinga la literatura. Al principio me sorprendió que alguien plantease tal inquietud, como si le hubiese entrado un repentino ataque de pánico; pero, el reiterarse en diversos muros me ha llevado a pensar que el temor debe tener algún fundamento. Sumido en ese trance reflexivo, he deducido que, en efecto, son varios los riesgos que acucian a nuestro amado arte literario. Más que como lector o autor, quiero analizarlos desde un punto de vista económico, teniendo en cuenta que se trata de una actividad de la que viven miles de personas y cuenta con millones de clientes.
Desde que se tiene conocimiento de la humanidad, hemos sentido el deseo de contar historias y también la curiosidad de conocerlas. Es parte de nuestra condición. Ya las pinturas rupestres, con sus escenas de caza, nos relataban acontecimientos padecidos por la tribu, para conocimiento de sus miembros. Es de imaginar que desde tiempos primitivos también se verbalizaban los relatos para dar cuenta de las hazañas y peligros a que se habían enfrentado los cazadores o de las peripecias sufridas en “la retaguardia”. No es sino muchos siglos más tarde cuando aparece la escritura y, con la imprenta, su desarrollo popular. Posteriormente, la radio, el cine y la televisión han contribuido a difundir relatos de todas clases.
Si bien la necesidad y la curiosidad supongo que existirán mientras sigamos siendo seres humanos, no hay por qué presumir que una de las formas de satisfacerlas tenga que ser mediante la letra escrita. Si algo nos demuestra la evolución es que las necesidades persisten pero los medios para atenderlas cambian, hasta desterrar otros que en su día se consideraron imprescindibles. ¿Por qué no habría de ocurrir lo mismo con la literatura?
Aplicando el análisis empresarial básico a este producto, debemos estructurar las fortalezas y amenazas que afectan a la literatura y su posición en relación a otros competidores que buscan satisfacer la misma demanda. Me limitaré a esbozar las que, en mi opinión, constituyen sus líneas básicas.
La primera fortaleza es la tradición. Desde hace muchas generaciones nos hemos educado mediante la lectura y la escritura. Sin embargo, las nuevas tecnologías también afectan al campo educativo al sustituir los libros por ordenadores y proponer métodos intuitivos para resolver problemas y transmitir el conocimiento, en detrimento del aprendizaje formal.
La segunda fortaleza radica en el prestigio de la literatura, tanto para quien escribe como para quien lee. Se ha considerado siempre un signo distintivo de cultura. Sin embargo, la proliferación de escritores, unida a los actuales gustos literarios, no permiten aseverar que esta fortaleza se mantenga.
En tercer lugar, la existencia de una poderosa industria editorial, con sus correspondientes industrias auxiliares: imprentas, distribución, comercio, publicidad, etc. podría llevarnos a pensar que tenderán a buscar fórmulas que mantengan el negocio. Esta producción tradicional se ve amenazada directamente por la autoedición.
Además de los riesgos señalados, hay otras amenazas nada desdeñables que podrían conllevar la desaparición de la literatura. Para ello, es imprescindible entender lo siguiente: de los ingresos que generan las ventas de libros se obtienen los recursos para que las empresas puedan sostener sus estructuras, realizar sus inversiones y compensar a sus accionistas. A un tiempo, de ahí obtienen también sus ingresos los escritores profesionales y los libreros tradicionales, entre otros. Cuando se pone en marcha una edición se hace una estimación de ventas para determinar dónde está el punto de equilibrio o umbral de rentabilidad que cubra los costes fijos y, a partir del cual, se empieza a ganar dinero, como en cualquier actividad económica. También el escritor prevé sus ingresos para continuar su labor y el librero calcula cuántas unidades necesita vender de todos los libros que expone para que su tienda siga abierta. Si la estimación se supera, el producto es un éxito; si no se alcanza, es un fracaso y se pierde dinero.
Pues bien, aquí hay dos riesgos ciertos:
La piratería. Sé que estoy tocando un tema muy sensible donde es y será imposible que nos pongamos todos de acuerdo. En él convergen cuestiones económicas, éticas, filosóficas, políticas y de otros órdenes. No tengo ni idea de cuál es el volumen de piratería; imagino que dependerá del apetito que se tenga para la lectura de cada obra. Si el objetivo de ventas no se alcanza por las copias ilegales, ni cobra el autor ni cobra la editorial ni el librero puede segur abierto. Esto se puede soportar hasta un límite, a partir del cual surge la pregunta que nos haríamos todos: ¿para qué continuar con un negocio que no es negocio? Las empresas editoriales se dedicarán a otra cosa, los autores profesionales volverán a dedicarse a la enseñanza, el periodismo o cualquier otra actividad y el librero del barrio pondrá una charcutería
Podrá decirse: “bueno, quedarán los autores independientes, que publican en internet e incluso regalan sus libros para darse a conocer”. Sí, pero la piratería también afecta a las autoediciones y regalar la obra se puede hacer en contadas ocasiones.
Ante este panorama, alguien podría proponer que la industria editorial pase a depender de los presupuestos generales del Estado, pero parece harto improbable que lo consiga.
En conclusión, sí hay un riesgo cierto y grave de que la literatura muera por inanición. Si llega a producirse, nos tendremos que conformar con leer las obras ya escritas, sin más opciones que posibles autores aficionados y noveles.
¿Es esto lo que queremos? Si es así, estupendo, vamos por el buen camino. Si no es así y comenzamos a lamentarnos incluso antes de que se consuma el “literaturicidio”, tendremos que ser consecuentes y pagar el precio de los libros, sin entrar en discusiones sobre si son caros o baratos para justificar la piratería, si la cultura es patrimonio de todos o empleando cualquier otro argumento ajeno al económico.
La calidad literaria. Aún en el improbable caso de que todo el mundo pagase lo que consume, no terminan los peligros para el mundo literario. El segundo enemigo de la literatura está dentro de sí misma, en la propia calidad literaria. Al margen de los gustos personales, lo cierto es que un libro tiene como ventaja principal, frente a otros productos que contienen la narración de una historia, que permite detenerse ante un pasaje para reflexionar sobre él, recrearse en su construcción, tomar notas o releerlo por placer. Esto no es posible con una película, una obra de teatro, una radionovela, etc.
Siendo esto así, es esencial, para la propia subsistencia de la literatura, que los libros tengan fondo, que cuenten historias que dejen huella en nuestro interior y sirvan para aprender y madurar como persona. No digo que, a veces, no apetezca algo refrescante, pero no debería ser la tónica.
El lector o lectora que sólo busca entretenimiento en la literatura está, sin saberlo, asesinándola, porque en ese terreno el cine es mucho más potente y lo tenemos metido en casa, a través de la televisión. Para ese tipo de historias es preferible sentarse a ver una película. Es mucho más cómodo. Hace tiempo me dijo una joven persona muy cercana: “yo no leo, solo veo películas”. Si esta mentalidad se impone, lo cual es muy probable, terminaremos siendo seres audiovisuales, como nuestros ancestros en las cavernas. ¿Para qué sirve una habilidad aprendida si no se usa?
Y como el mercado manda, las editoriales grandes, gobernadas por los responsables de marketing y finanzas y solo atentas al cortoplacismo, le dan al público lo que éste quiere, sin importarles lo más mínimo si el producto tiene calidad literaria. Lo importante es hacer caja. Si dentro de diez o veinte años el negocio quiebra porque los jóvenes sólo consumen material audiovisual, pues ya buscarán otro empleo o fusionarán la empresa con una que produzca películas.
Conclusión. No es una quimera que la literatura desaparezca. En tal escenario, los escasos lectores residuales tendrán que buscar con lupa a los pocos escritores aficionados que escriban y, juntos, formar un grupúsculo, casi clandestino, que de forma inconfesable practique la perversa afición a leer, una actividad subversiva por su potencial riesgo para la idiotez colectiva.
En nuestra mano está que no se cumpla el viejo refrán: “entre todos la mataron y ella sola se murió”.
¿Qué estás dispuesta o dispuesto a hacer para evitar que la literatura desaparezca?

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