Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

El valor de un libro.

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Reconozco que soy muy poco fetichista. Mi apego por las cosas es más bien escaso y ni siquiera resulta paliado por mi atracción por el arte en general, incluido el popular. Admito que a veces me ha llevado a desear determinados bienes que, con el tiempo, han dejado de merecer mi atención.
¿Y a mí que me importa? Me dirás. Y con razón. Pero permíteme que utilice esta confesión a modo de exordio para centrar el tema que propongo hoy.
Hace tan solo veinticinco años, una generación, que internet saltó la barrera del ocultismo científico para llegar a conocimiento del público. En 1995 recuerdo haber comprado un libro que exponía qué es internet y para qué sirve, porque nadie era capaz de darme una explicación razonable. No es que me enterara de mucho, pero al menos ya podía ser yo quien presumiera ante los amigos de estar al día.
Lo que nadie podía imaginar en aquellos tiempos es que internet se convirtiera en algo imprescindible en nuestras vidas. Conceptos como la página web, el comercio electrónico y, más tarde, las redes sociales, han pasado a formar parte de nuestro acervo cotidiano con una naturalidad que nadie pudo aventurar. Dentro de esta revolución que ha supuesto pasar de la era analógica a la digital está, en el mundo literario, el llamado libro electrónico.
Y es aquí a donde quería llegar. Quienes hemos sido educados en el libro físico, la aparición del llamado libro electrónico nos ha supuesto un dilema. ¿Cuál de los dos es mejor? Antes de responder a esta cuestión propongo que exijamos una actualización del concepto a la propia Real Academia de la Lengua Española, que sigue definiendo al libro como “Conjunto de hojas de papel manuscritas o impresas que, cosidas o encuadernadas, forman un volumen”. Según esto, un libro en formato electrónico no merece la condición de libro. Sin embargo, tan libro es el que ocupa lugar en nuestra estantería como el que emplea espacio en la memoria de un dispositivo electrónico.
Pues bien, para empezar, creo que es imprescindible distinguir entre el continente y el contenido, es decir, entre “el envase” que contiene las palabras y lo que éstas en sí significan. En este segundo aspecto, libro es tanto el instrumento que sirve para transmitir conocimiento (un libro científico, un libro de texto, un ensayo), como el que sirve para difundir la cultura de un pueblo en un momento dado de la historia, el que nos permite reflexionar o el que, simplemente, nos entretiene. Cualquiera de estos fines es legítimo y en cualquiera de ellos tanto el libro de papel como el electrónico cumplen perfectamente su función.
Así que, para elegir uno u otro soporte, es necesario reparar sólo en el continente, es decir, en el envase, definido este por la RAE como “Recipiente en que se conservan, transportan y venden productos y mercancías”. ¿Qué nos aporta el libro físico que lo haga mejor que el electrónico? En términos generales, nada, salvo que el libro tenga un valor bibliófilo (un manuscrito, un incunable, un facsímil de un incunable), tenga un valor económico (una primera edición, una obra que perteneciera a un personaje famoso y lo haya glosado, una edición agotada) o un valor sentimental (el ejemplar que nos regaló nuestra pareja cuando iniciamos una relación – asunto sobre el que escribiré en otro momento – un libro de texto de cuando éramos pequeños, un texto dedicado por alguna persona), en cuyo caso es obvio que no es sustituible por un libro electrónico, pero tampoco por ningún otro libro físico, aunque disponga del mismo contenido.
Alguien me dirá, y le tendré que dar la razón, que hay libros que, sin tener ninguna de las características anteriores, sí tienen un valor sentimental para nosotros porque han dejado huella en nuestras vidas, nos han hecho descubrir la literatura (nuestra primera lectura) o nos han permitido disfrutar de una historia con una complicidad que la mayoría de las obras no ha conseguido.
Todos tenemos en nuestra librería alguno de estos ejemplares, pero, en realidad, no son ellos los que valen por sí mismos. Somos nosotros quienes les damos un valor especial y, por tanto, la cosa en sí es perfectamente sustituible. En mi caso, hay algunas historias que me imprimieron un recuerdo indeleble que, sin embargo, ni siquiera sé dónde han ido a parar. En estos supuestos, el libro en sí no tiene más valor que el que cada uno de nosotros le quiera proporcionar.
También se me dirá que el libro permite que la lectura no sea sólo algo abstracto, sino que pone otros sentidos en juego como el tacto y el olor, además de la vista (aquí el oído y el gusto no suelen tener función alguna, salvo que el libro sea leído en voz alta por otra persona o nos dediquemos a darle lametones al papel – si es tu caso, háztelo mirar – pero vaticino desde ahora que los fabricantes de hardware terminarán por fabricar libros electrónicos que nos permitan percibir esas sensaciones.
Por el contrario, el libro electrónico es mucho más práctico. Pesa menos, es mejor para la vista (según los oftalmólogos), puedes llevar tu biblioteca entera, no cogen polvo en la estantería y, sobre todo, no hay que cargar con ellos cada vez que hacemos una mudanza.
Así que, visto todo lo anterior, vete preparando para abrazar tu e-book cuando termines de leer una historia que te conmueva o te enriquezca, porque me parece que el libro en papel tiene los días contados.

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