Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

¿Cómo dices que se llama?

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En una obra muy peculiar, “Tristam Shandy”, de Laurence Stern, el padre de Tristam reflexiona sobre la importancia que el nombre de una persona tiene para su futuro y cómo condiciona su destino. Lo hace en tono serio pero con un evidente trasfondo irónico que despierta la sonrisa.
Cuando escribes una novela de ficción, una de las primeras cuestiones a las que te enfrentas es nominar a los personajes. Es una tarea delicada, porque en ella tienes que tener en cuenta varios aspectos, tanto de forma como de fondo.
En cuanto a la forma, deben evitarse, en lo posible, los nombres que empiecen con “a” y los que terminen en “ia”, para evitar la cacofonía. Téngase en cuenta que muchas de las palabras en nuestro idioma empiezan y terminan en “a”, con lo que podemos encontrarnos con frases como “entregaba a Alberto”, que obliga al lector a una sucesión de sonidos idénticos que resulta poco agradable. Lo mismo cabe decir de la terminación “ia”, por coincidir con muchos verbos: “María tenía”.
Este desagradable efecto cacofónico me llevó a cambiar el nombre de los protagonistas de “La espera”, que inicialmente se llamaban Álvaro y María, por los de Diego y Rocío. Lo malo fue que lo hice cuando ya tenía terminada la historia y “rebautizarlos” me supuso aceptar mentalmente el cambio, porque en mi cabeza los identificaba con sus primitivos nombres.
Respecto al fondo, si bien en la vida real aceptamos que una persona pueda tener un nombre que no concuerde con su personalidad, en la literatura es conveniente evitarlo, porque sirven para dar pistas al lector sobre la época en que se mueve el personaje, su condición social, su carácter, etc., dotándolos de una identidad que sea aceptable para quien se enfrenta a la historia.
En “La cara oculta de la luna” los personajes de origen árabe tienen un nombre que manifiesta su personalidad. Así, Kadar significa “poderoso” y Mâred, “rebelde”. El personaje de Edmundo quiere representar a cualquier persona de los millones que habitamos la tierra y sea víctima del infortunio.
Si la obra gira en torno al personaje más que sobre la acción, debe tener la fuerza suficiente para que, si alcanza notoriedad, pueda ser recordado por los lectores. ¿Quién no conoce a Don Quijote?
También puede el autor buscar un contrapunto mediante la elección de un nombre que resulte chocante con el personaje. En mi obra “Disparando en la oscuridad”, un secundario, que es el vigilante del aparcamiento de un casino, se llama “Arcadio Satrústegui”. Un nombre muy pomposo para un hombre tímido e indeciso.
Así que la elección de los nombres no es cuestión baladí y requiere mimo por parte del autor para que el lector los acepte en su imaginación.

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