Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

Adiós, glamour, adiós.

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Confieso que siempre he sido un idealista y un soñador. Tal vez por eso nunca me hice rico.
En mi idealismo, siempre he tenido la convicción de que el artista vive en otro mundo, alejado de la realidad material, a la que incluso desprecia, concitando un atractivo especial que le sitúa por encima de los comunes mortales. Influye en ello mi devoción por todas las manifestaciones artísticas, mi admiración por quienes son capaces de “crear” otros mundos, mi fascinación ante la belleza, mi sublimación ante la capacidad de transmitir sentimientos e imágenes que sólo existen en la mente del autor.
Seducido por ese ideal, a lo largo de mi vida he buscado la forma de expresar mi concepción del mundo y de la vida. Primero fue a través del dibujo. Aunque gané un premio siendo muy chico, el tiempo me demostró que carecía de la cualidad necesaria para trasladar a un lienzo lo que mis ojos percibían. Después, de forma muy intensa, me dediqué en cuerpo y alma a la música, a la que consagraba gran parte de mi tiempo, en detrimento de mis obligaciones escolares. Conseguí un cierto nivel, pero me faltó la determinación necesaria (o me sobró cordura) para lanzarme a intentar vivir de ello. Después vino la realidad de la vida: mi profesión, la familia, la hipoteca,… y ya sólo podía disfrutar del arte ajeno, lo que siempre seguí haciendo. Al cumplir los cincuenta, decidí que era el momento de escribir, sin más propósito que ahondar en mi interior para extraer mi mundo imaginario, desconociendo la realidad literaria.
Unos años más tarde, debo confesar que ciertos hechos sacuden a diario mi ideal del arte, arrostrándome a una realidad prosaica y carente de toda mitificación.
La primera ocasión en que me quedé desconcertado ante mi utopía del mundo artístico fue en una entrevista que vi en la televisión, hace ya unos cuantos años, a Camilo José Cela, posiblemente con ocasión de algún premio. En ella contaba una anécdota que, si no me falla la memoria, era así: cuando consiguió que le publicaran su primera novela, “La familia de Pascual Duarte” (1942) se acercó a la Casa del Libro, en la Gran Vía madrileña, con la intención de saber si su obra era adquirida. Merodeando alrededor de la estantería donde se encontraba su libro, un señor cogió un ejemplar. Cela lo siguió y, cuando el cliente ya estaba en la calle, lo abordó para confesarle que él era el autor y ofrecerse a firmarle la copia que había adquirido, a lo que el comprador, sin mucho ánimo, no se opuso.
Al escuchar la anécdota, además de reírme por la gracia con la que Cela contaba las cosas, me resultó chocante que un escritor actuase de esa forma, pero lo atribuí a la especial personalidad del autor.
A medida que voy conociendo el mundo literario, me doy cuenta de que esto no es más que un negocio. Una industria en la que sólo preocupa la cuenta de resultados, sin importar para nada la calidad literaria. Las grandes editoriales, que son las que dominan el mercado, sólo buscan vender, aunque sea basura, sin interesarles lo más mínimo el arte.
El colmo de toda esta degradación ha sido enterarme a través del blog de Jeremy Williams (que recomiendo por sus siempre interesantes artículos), que en Italia se está emitiendo un “reality show” donde, escritores nóveles, concursan para conseguir que les publiquen su obra. Al parecer, la primera prueba consiste en convencer a un agente literario para que represente al autor ¡en un ascensor!
Cada uno es muy libre de concebir la literatura como quiera, pero me parece que esto sólo puede calificarse de prostitución pura y dura. La humillación a la que se somete a los autores para entretener a la audiencia es lo más alejado que puedo concebir de mi ideal del arte y de mi admiración por los artistas.

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