Jose luis abascal

Reflexiones de un escritor sobre esa cruel amante, la LITERATURA

4 febrero, 2017
por MalditaLiteratura
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Barra libre en “La flor de la mandrágora”

Cuando a mediados de 2014 publiqué “La flor de la Mandrágora”, acompañé gratuitamente al texto un glosario de términos taurinos, para facilitar la lectura a quienes no dominan el arte de Paquiro.

De manera casi inmediata se produjeron tres hechos: el artículo presentando la novela en mi blog “Maldita literatura” fue recibiendo visitas; la novela fue pirateada, con la consiguiente pérdida de ventas; y el glosario comenzó a descargarse por cientos, lo que aún sucede.

Puede que hubiese descubierto un nicho de mercado, el glosario, y que la novela no interesase a nadie, o puede que los lectores descargasen la novela sin coste y se sirviesen del glosario, dejando a este pobre escritor sin beneficio alguno, ni siquiera el gusto de conocer su opinión.

Como no dispongo de la perspicacia del Comisario Menéndez para desentrañar el misterio y soy poco amigo de las lamentaciones, he decidido poner la novela libremente a disposición de quienes deseen leerla, con el solo ruego de que, si les parece bien, se sirvan hacerme llegar su opinión por cualquier medio cuando la hayan leído.

Aquí está el enlace:

http://www.joseluisabascal.com/libros/LA%20FLOR%20DE%20LA%20MANDR%C3%81GORA.pdf

                Y para acceder al glosario disponéis de este otro:

http://www.joseluisabascal.com/libros/Glosario%20de%20t%C3%A9rminos%20taurinos.pdf

Pues ya sólo me queda sentarme y esperar el veredicto, reproduciendo a continuación la magnífica portada diseñada por mi gran amigo Mario Morera, a quien nuevamente agradezco su colaboración por el más puro amor al arte.

11 julio, 2014
por MalditaLiteratura
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Populismo literario.

Hoy vengo dispuesto a no hacer rehenes. Esto es una guerra y no puede uno andarse con tibiezas ni medias tintas. Está en juego la supervivencia del arte literario, secuestrado vilmente por una industria editorial que no tiene más afán que el beneficio económico, a la que lo mismo le da vender libros que condones o papel higiénico, y secundado por una caterva de lectores que presume de adquirir cultura, cuando lo único que hace es consumir productos de entretenimiento vulgar, que les aportan tanto de aprendizaje y reflexión como el prospecto de uso de una aspiradora.

Uno de los ejemplos más claros de este populismo literario es el género romántico-erótico tan de moda en estos tiempos, del que “las sombras de Grey” es el paradigma. Ese manual de masturbación femenina que nadie ha leído, pero que consiguió vender millones de ejemplares.

De este subgénero aparecen obras todos los días. Hace poco veía en televisión una entrevista a una conocida periodista televisiva que ha presentado su primera novela. Como el programa donde “la entrevistaban” es de la misma cadena donde presenta el telediario y, curiosamente, la novela está publicada por la editorial que pertenece al mismo grupo (como Juan Palomo), le dedicaron tanto tiempo como si hubiera escrito una obra memorable. La novela en cuestión, por lo que ahí se dijo, es una más de las “hijas de Grey”. La historia es la misma: chica conoce a yogurín que se la tira por todas las esquinas y luego la deja. Ni sé ni quiero saber el final, aunque me lo imagino. Pues bien, estoy seguro de que venderá miles de ejemplares.

Y no es que tenga nada contra dicha presentadora, que es una magnífica profesional. Ella, a fin de cuentas, lo único que hace es aprovechar la coyuntura. Tiene “marca”, porque la conoce todo el mundo; es periodista, con lo que se supone que sabrá escribir; y ofrece un producto que está de moda y que las lectoras demandan para aumentar “su cultura”.

Lo peor es que hay decenas de obras como ésta que proliferan en las librerías. Y si las hay es porque la gente las compra (algunas) y otras las piratean. Puedo verlo en diversos grupos de lectores y escritores de facebook en los que participo, alguno una auténtica cueva de piratas, y las mujeres acuden a ellos, unas para solicitar les recomienden relatos de este perfil y otras para hacer apología de los mismos.

Por supuesto también hay una versión masculina de estos bodrios, novelas de intriga con erótica incluida.

El populismo consiste en darle a la masa lo que quiere, sin importar si es lo que necesita o lo que le conviene, tratándolo como si estuviera compuesto por niños o por idiotas. Es propio de políticos sin escrúpulos que consiguen el apoyo popular para alcanzar el poder y después lucrarse con el mismo, limitándose a manipular a las huestes mediante la agitación emocional. En la literatura, el populismo es proporcionar obras de baja calidad para aturdimiento de los lectores que, encima, se vanaglorian de su lectura.

Me rebelo contra esta farsa y la prostitución de la literatura. Ni estas obritas son arte ni quienes las leen adquieren ninguna cultura. Así de claro.

Ahora, quien quiera ya puede empezar a disparar contra mí.

4 julio, 2014
por MalditaLiteratura
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El reto del escritor.

El ser humano, desde sus orígenes, ha necesitado expresarse de forma artística (ahí están, entre otras manifestaciones, las pinturas rupestres) y, de forma especial, contar historias. Hasta la invención de la imprenta, el relato se hacía preponderantemente de forma oral, quedando reservado a las clases dominantes el uso del manuscrito, al ser los únicos que contaban con la formación y los recursos necesarios para escribir.

Con la imprenta nace la capacidad de transmitir nuestras historias a una pluralidad de personas. Entonces surge la figura del editor. El primer editor en sentido moderno es Aldo Manucci, que en el siglo XV introduce las primeras normas tipográficas y gramaticales de la edición, aún vigentes. Sin embargo, la actividad de escribir sigue estando reservada a una élite que pueda disponer del tiempo, la formación y el acceso a la edición. No es sino hasta el siglo XX cuando se consigue que, merced a la alfabetización, la mayor parte de la población tenga la posibilidad de dar salida a su ansia de contar historias, si bien siempre condicionada a encontrar un editor.

Pero no basta con tener ganas de redactar. Es indispensable que el relato disponga de un propósito. Antiguamente contar historias era una forma de proporcionar conocimiento al lector. Los libros de viajes, las novelas costumbristas, los relatos locales, eran una forma de transmitir información sobre lugares y costumbres que el escritor conociese, dando a los demás la oportunidad de llegar a ellos. En aquellos tiempos la mayoría de la gente no tenía posibilidades de viajar. Hoy, afortunadamente, esto está al alcance de mucha gente y la proliferación de los medios de comunicación, con la televisión a la cabeza, nos cuentan historias a cada instante de lo que ocurre en el mundo.

Posteriormente, los relatos constituyeron un cauce para aportar nuestras opiniones y puntos de vista sobre la experiencia de vivir. Una vez más, los medios de comunicación han ocupado esta parcela, a los que se han unido las redes sociales, donde cualquiera puede transmitir sus vivencias y reflexiones. También cabe decir que la literatura con fondo social o político ha decaído en méritos del ensayo.

Surgió con mucha fuerza otra corriente: la ciencia ficción, con la que los escritores especulaban sobre el futuro y el devenir de la humanidad. Nuevamente, este territorio ha sido colonizado por la realidad, en donde las noticias sobre la ciencia y las nuevas tecnologías superan cada día a la imaginación más prodigiosa.

Si la información, el conocimiento, las experiencias, la reflexión y el futuro han encontrado sus propios cauces de expresión, resulta evidente que la novela tiene que centrarse en aportar aquello a lo que las anteriores no llegan o lo hacen de forma muy tangencial, que no es otra cosa que la capacidad de provocar emociones, básicamente a través de la intriga y la tensión.

Aquí hay que señalar que no basta cualquier turbación. Si el escritor se limita a agitar emocionalmente al lector sin aportarle nada intelectualmente, entra en competencia directa con ofertas de ocio más atractivas por inmanentes: el cine, los video-juegos, el fútbol,… ¿Para qué se va a molestar alguien en soportar un libro (o un dispositivo) en las manos y cansar la vista, si las puede tener metidas en un paquete de palomitas o agitándolas de continuo con un mando?

Así que el escritor debe tener presentes estos retos para que su vocación no sea pan para hoy y hambre para mañana. En otro caso, la gente perderá el hábito de leer y la literatura volverá a ser una actividad minoritaria, como fue en sus orígenes. Si no tiene valor añadido, perderá su razón de ser y morirá.

Como siempre, quedo a la espera de tus comentarios.

27 junio, 2014
por MalditaLiteratura
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Presentación de “La flor de la mandrágora”

Hoy quiero hablaros de la novela que acabo de terminar de escribir. Se titula “La flor de la mandrágora”. Dentro de mi obra literaria ocupa, cronológicamente hablando, el cuarto lugar, después de “La cara oculta de la luna”, “La espera” y “Disparando en la oscuridad”, y antes de “Autorretrato con rímel y sombras”.

Comencé a escribir esta novela en el junio de 2012, concluyendo la primera versión, lo que es el relato en sí, en noviembre de 2012. Entonces la dejé reposar para profundizar en el tema del que os hablaré a continuación. Una vez alcanzado este objetivo, decidí recuperarla hace unos meses para ponerla a disposición de los lectores.

Para irnos situando, diré que la novela mezcla el género negro con el thriller, de tal forma que tanto la intriga como la tensión están aseguradas.

Ya en su día esta obra fue todo un reto y, al mismo tiempo, un placer. El reto deriva de dos aspectos, uno de fondo y otro de forma.

En cuanto al primero, la novela está estructurada conforme a una corrida de toros, porque el principal sospechoso de los crímenes rituales cometidos es un famoso torero al que el comisario Menéndez sigue la pista; para descubrirlo tiene que asistir a un encierro del matador con seis toros en la plaza de Las Ventas en la primavera de 1976. La liturgia taurina, su lenguaje y expresiones, sus componentes son muy particulares, y llegar a dominarlos con la suficiencia necesaria para ambientar una novela en la tauromaquia ha sido una labor tan compleja como apasionante. Para conseguirlo me vi obligado a formar un glosario de términos taurinos que ahora pongo a disposición de los lectores, de forma gratuita, en mi página web.

La segunda dificultad está en la estructura temporal, dimanante de dos cuestiones: la propia secuencia de una corrida de toros, con todas sus vicisitudes; y la recreación de un espectador que, presenciándola, se ve arrastrado por los recuerdos de las investigaciones que ha realizado y le han llevado hasta ahí. Como ocurre a cualquier persona, los recuerdos no son lineales, sino arbitrarios en su evocacion, de ahí que el desarrollo de las escenas no siga un criterio cronológico. En definitiva, tener que mezclar diferentes escenarios temporales exige mucho orden para no perderse e incurrir en contradicciones o anacronismos.

Respecto a los personajes, los protagonistas son tres: el comisario Menéndez, el inspector Morales y el torero Frasquillo. El comisario, gran aficionado a los toros, es además admirador de Frasquillo, lo que sin duda incide en su actitud a la hora de afrontar este caso. Para quienes hayáis leído “La cara oculta de la luna” el personaje os sonará, pero cuidado, que aquí habrá que estar atentos al respecto. Imagino que no será la última vez que esta pareja de policías protagoniza una de mis novelas.

La época elegida tiene su razón de ser. La trama discurre en la primavera de 1976, pocos meses después del fallecimiento de Franco, un momento muy delicado en la historia de España. Esta realidad asoma desde un rincón del relato, como un paisaje de fondo, sin desviarnos de la esencia de las tramas: descubrir quién es el asesino y saber si Frasquillo sobrevivirá o no a su encerrona con seis toros.

¿Y el título? Ah, tendréis que averiguar por qué se llama así.

La portada, como siempre, es obra del gran Mario Morera.

Sí quisiera aclarar que, aunque la novela esté ambientada en una corrida de toros, no es un libro sobre tauromaquia, con lo que resultará de interés tanto a quienes gustan de este espectáculo como a los que no resulta atractivo. Reconociendo mi afición taurina, no creo que nadie deba sentir rechazo ante la novela por este motivo.

A quienes os apetezca leerla, está ya disponible en Amazon, a un precio especial de lanzamiento, en el siguiente enlace:

http://www.amazon.es/gp/product/B00LBBMUMI

Como siempre, quedo a la espera de vuestros comentarios.

la flor4_facebook

 

20 junio, 2014
por MalditaLiteratura
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La referencia histórica en el relato.

Como la mayoría de lectores sabrá, ayer día 19 de junio de 2014, tuvo lugar en Madrid el acto de proclamación de Felipe VI como Rey de España, con el que se pone fin al reinado de Juan Carlos I. Un acontecimiento que tiene relevancia histórica.
Como este es un blog de acérrima vocación literaria, no es lugar para valorar el hecho más que como ejemplo de lo que puede suponer en el ámbito de la literatura. En este sentido, son muchas las obras en las que podrá ocupar un lugar preeminente, especialmente las de géneros como el ensayo, la historia, la política o cualquier otra en la que predomine un análisis o interés distinto del meramente creativo.
Sin embargo, también puede tener su lugar en la novela o el cuento, siempre que se utilice como referencia o se base en ella para construir una llamada novela de época. En el primer caso se utilizará como elemento para circunscribir el relato a un tiempo y lugar determinados, mientras que en el segundo se buscará profundizar en él para conocer con mayor detalle el comportamiento social de ese tiempo y lugar.
Para que se entienda mejor me permito poner dos ejemplos. En “La regenta”, Leopoldo Alas, “Clarín”, describe con todo lujo de detalles la ciudad y las costumbres de la ciudad de Oviedo del siglo XIX, en donde enmarca la trama novelística, hasta el punto de alcanzar casi la categoría de un personaje más.
Hoy en día, merced a los medios de comunicación y a la información acumulada en internet no es preciso detallar la época actual, salvo que se quiera dar a conocer determinadas costumbres, bastando la mera referencia histórica para que el lector, a través de la evocación, pueda enmarcar el relato en un lugar y momento determinados.
En mi novela “La flor de la mandrágora”, que próximamente publicaré, el comisario Menéndez nos dice: “Apenas habían transcurrido unos meses desde la aparición del primer cadáver, a comienzos de mil novecientos setenta y seis. Mientras toda España esperaba con la respiración contenida los acontecimientos políticos que debían marcar nuevos derroteros tras el fallecimiento de Franco, yo recibía la noticia de que, a tan solo unas pocas calles de mi comisaría, en pleno barrio de Chamberí, un hombre de unos cincuenta años había sido hallado muerto en el interior de su vivienda, con un cuchillo clavado en la nuca.”
Quienes vivimos esa época en España no necesitamos más. Con esas pocas líneas vendrán a nuestra memoria multitud de recuerdos del comienzo del reinado de Juan Carlos I y de la transición a la que se enfrentaba España desde un régimen autocrático a la deseada democracia, con la inquietud, incertidumbre y esperanza que a todos nos embargaba.
En estos casos es el propio lector quien se ocupa de incluir en el paisaje del relato todas las costumbres y circunstancias históricas en las que se moverán los personajes, sin necesidad de explayarse en describirlas.
En novelas del futuro se podrá utilizar el acto de proclamación de Felipe VI para situar el relato a narrar, como hito que dibuje una etapa de la historia de España con esa mera referencia. De ahí que tenga importancia también en el ámbito literario.
Como siempre, quedo a la espera de vuestros comentarios.

13 junio, 2014
por MalditaLiteratura
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In medio stat virtus.

Leía hace unos meses, como parte de la campaña publicitaria de lanzamiento, una entrevista a una escritora de novela negra de cuyo nombre no quiero acordarme, en la que se vanagloriaba de haber escrito su última obra en tan sólo quince días.
Frente a esta presteza narrativa, James Joyce tardó diecisiete años en escribir su “Finnegans Wake”, afectado, tal vez, por el “síndrome de la obra inacabada”, un mal que atormenta a los escritores que, en busca de la perfección, revisan y revisan su obra, incapaces de ponerle fin, olvidando la frase: “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Hasta el propio Leonardo da Vinci lo padeció.
Toda obra requiere un tiempo de maduración y también el momento de ponerle punto y final, asumiendo que contendrá errores, inexactitudes y seguramente una prosa mejorable. De lo contrario se puede padecer el mencionado síndrome, que impide al escritor crear nuevas obras.
Cuando el escritor afronta un tema del que ignora más de lo que sabe, es necesario documentarse lo suficiente para que aquello que escriba tenga el suficiente fundamento para no resultar una osadía. Aún así, no se trata de llegar al conocimiento más profundo, a nivel de experto, pues en tal caso lo más probable es terminar aburriendo al lector.
Traigo esto a colación respecto de mi nueva novela, “La flor de la mandrágora”, de la que os hablaré la próxima semana, que me ha exigido una gran labor de información y revisar y revisar hasta la extenuación, hasta que he decidido darla por buena y que vengan después los “enterados” a buscar los fallos en los que haya podido incurrir.
Prefiero asumir ese riesgo antes de que me ocurra como a ese autor que, obsesionado porque su obra no contuviese ningún fallo, lo revisó una y cien veces y, cuando lo publicó, orgulloso de su esfuerzo, incluyó al final del libro una nota que textualmente decía: “este libro no contiene errotas”.
No sé si fueron los duendes de la imprenta o alguna jugada del destino. En cualquier caso le sirvió como lección de humildad para entender que no existe la obra perfecta. A fin de cuentas, sólo somos seres humanos.
¿Recuerdas alguna obra en la que descubrieras gazapos?

6 junio, 2014
por MalditaLiteratura
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Los límites de la novela.

Hablábamos en el artículo anterior de las tramas y los temas en cuentos y novelas, lo que denomino el corazón de los relatos, por ser los que explican y justifican que dediquemos unas horas de nuestras vidas a conocer su contenido.
Resumíamos esta experiencia en dos palabras: placer y conocimiento, que se transforman en comprensión hacia los demás y en una mayor cultura, entendida ésta como el descubrimiento de distintas formas en que los seres humanos afrontamos situaciones y necesidades para convertirlas en acervo común.
Ahora bien, podemos preguntarnos si cualquier texto que nos produzca placer y conocimiento puede o debe ser considerado una novela y aquí pretendo hoy, nada más y nada menos, que poner puertas al campo, al intentar definir qué es o puede ser una novela, diferenciándola de otros géneros literarios.
Para ello siempre es bueno acudir a la definición que realiza el diccionario de la Real Academia Española. Dice del término “novela”:
Obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres.
A la luz de esta definición, está claro que la frontera entre novela y otros géneros radicará en la veracidad de los hechos relatados. Ello nos permite descartar a todos los textos que, aunque empleen técnica novelesca para exponer su contenido mediante la configuración de tramas, no pretenden en realidad sino recoger un conocimiento o una opinión. Lo veremos más claramente en algunos ejemplos:
Las hormigas, de Bernard Werber, es un ensayo divulgativo sobre la vida de las hormigas (muy recomendable, por cierto), aunque lo disfrace como novela.
El mundo de Sofia, de Gaarder, era, como él mismo reconoció, una manera de que su hija entendiese la filosofía.
• Novelas de mis admirados Orwell (1984 y Rebelión en la granja) y Huxley (Un mundo feliz o La isla), son herramientas para exponer una crítica política en el primer caso o propuestas de organización social con base científica, en el segundo.
En todos estos casos, la construcción del relato está condicionada por estos objetivos. Lo mismo cabe decir de otras muchas “novelas”, tanto de naturaleza histórica, biográfica, como de otra índole, en las que la estructura de novela se pone al servicio de la información o de la opinión para que el texto sea más digerible para el lector.
El hecho de que la esencia de la novela radique en la ficción no supone la imposibilidad de que aparezcan personajes o situaciones tomados de la realidad. La sutil diferencia está en el propósito. ¿Se trata de imaginar o de comunicar? He ahí la cuestión.
En consecuencia, la verdadera novela tiene que ser hija de la fantasía para pertenecer a esa familia llamada “ficción”, sin perjuicio de que deba resultar verosímil para el lector, incluso en los casos en que el autor le proponga un contexto irreal (de ahí la revolución que supuso Metamorfosis, de Kafka).
Confío en que esta exposición haya sido de tu interés y quedo a la espera de tus comentarios.

30 mayo, 2014
por MalditaLiteratura
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Sobre tramas y temas.

Como todos sabemos, los relatos literarios, sean cuentos o novelas, nos presentan una trama y se apoyan para ello sobre un tema. Para diferenciarlos me permito realizar una analogía vinícola: la trama es el sorbo de vino que bebemos y paladeamos, mientras el tema es el sabor o bouquet que nos deja en el retrogusto. Un buen vino no debe solamente producir placer en nuestro paladar al beberlo, sino sobre todo dejarnos un aroma que permanezca en nuestro recuerdo.
La trama es lo que nos impulsa a leer por despertar nuestra curiosidad, merced a dos herramientas del narrador: la intriga y la tensión. Por ello, cuanto más potente sea la trama, más posibilidades habrá de captar el interés del lector; y cuanta más tensión haya en el relato, más enganchado quedará a la lectura.
La trama está basada en un conflicto que, básicamente, puede clasificarse en las siguientes modalidades:
– Conflicto interno: el protagonista se enfrenta a un dilema en la forma en que debe actuar, de forma consciente o inconsciente. Citemos como ejemplos las obras “Crimen y castigo”, de Dostoievski o “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, de Stevenson.
– Conflicto con la naturaleza: el protagonista se enfrenta a una fuerza natural: animal, vegetal, climatológica, etc. Ejemplos: “Moby-Dick”, de Melville, o “El viejo y el mar”, de Hemingway.
– Conflicto con fuerzas sobrenaturales o extraterrestres: el protagonista se enfrenta a seres que no pertenecen a nuestra realidad: dioses, demonios, fantasmas, dragones, etc. Aquí hay multitud de obras que podrían citarse. Desde “La odisea”, de Homero (aunque no sea propiamente una novela) hasta “El exorcista”, de Blatty, pasando por muchas de ciencia ficción.
– Conflicto con otras personas: es el más habitual. En ellos, el protagonista se enfrenta a otras personas como él, con más o menos capacidades físicas, intelectuales, económicas o de cualquier otra índole. No hacen falta ejemplos.
Sobre este conflicto se construye la trama, que no es otra cosa que el combate generado entre los contendientes (aunque sea uno mismo) y que debe resolverse en un sentido positivo o negativo. La forma de plantear la trama es lo que se denomina “estructura”, pero de eso nos ocuparemos en otro momento. Lo habitual es que el protagonista triunfe en su lucha y el lector obtenga la satisfacción de un final feliz.
En todos ellos hay una cuestión de fondo que es la lucha entre el bien y el mal, encarnados por el protagonista y el antagonista (aunque, insisto, sea el mismo). Si ambas posturas son muy radicales (el bueno es muy bueno y el malo es muy malo), se incurre en el maniqueísmo, que en mi opinión desmerece el conflicto, porque en la vida real esta pureza no se da, adoleciendo de infantilismo.
Todo relato nos propone, además, un tema, cuya variedad es casi infinita. Puede versar sobre el amor, el poder, la codicia, el deseo sexual, las drogas, la esclavitud, el arte, los viajes, la venganza, la amistad, la soledad, el tedio, el medio ambiente… La obra alcanzará más valor cuanto más profundamente sea tratado el tema, para lo cual debe contener la información suficiente, bien imbricada en la narración para no distraer al lector sobre la trama y evitar que ésta pierda fuelle. Todos aprendimos cómo se construían las catedrales en la edad media de la mano de Ken Follett y su obra “Los pilares de tierra”. También puede tratarse de una mera especulación, como en “El código da Vinci”, de Dan Brown o en “1984”, de Orwell.
Un buen relato contendrá, además, otras tramas menores que le den cuerpo al texto en la medida en que sea necesario, sin abusar de ellas para no caer en el vicio de la digresión que, una vez más, despista el lector. También podrá tocar varios temas, si bien no debe pretender abarcar tantos asuntos que se convierta en una enciclopedia.
De las tramas sacará el lector el placer de la lectura; de los temas, el aprendizaje y la cultura. Ambos pasarán a formar parte de su ser en forma de emotividad, conocimiento, reflexión y recuerdo. Igual que un buen vino.
¿Nos cuentas qué tipo de tramas y de temas prefieres en tus lecturas?

23 mayo, 2014
por MalditaLiteratura
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¿Cómo olvidarte?

Cuando escribí el artículo sobre el valor de un libro, anuncié que volvería sobre este tema, pero desde otra óptica distinta, referida a esos libros que hemos regalado a personas queridas o nos han sido obsequiados por quienes nos aprecian. Así que hoy, nada de sesudas reflexiones, datos estadísticos o cosas por el estilo. Hoy vamos a dar rienda suelta a los recuerdos y los sentimientos.
Nunca he sido de regalar libros, tal vez por considerarlos como algo íntimo, algo muy personal, que habla tanto de la persona que lo regala como de quien lo recibe. Es una suerte de tarjeta de presentación. Regalar un libro es proponer emociones a la persona destinataria y hacerse cómplices en una aventura intelectual. Así que el libro habla de nosotros sin necesidad de que tengamos que darnos pábulo en primera persona.
Pero, sobre todo, el libro establece un vínculo entre quien lo regala y quien lo recibe. Y de esos vínculos especiales quiero hablar hoy.
A Teresa, mi santa esposa, le regalé, hace ya demasiados años, “La isla”, una novela de Aldous Huxley que me encantó, y en la dedicatoria le hablaba ya de compartir mi pasión por la literatura. Me consta que aún lo conserva.
En cuanto a los libros que me han regalado y han dejado en mí una huella especial, los hay para todos los gustos.
Una querida amiga, Rosa, en la época en que andaba con mis manías hipocondriacas, fruto de la crisis de los cuarenta, me regaló un libro titulado “Cómo morimos”, en el que un médico analiza distintas formas de morir (infarto, cáncer, etc.), con sus síntomas y su proceso final. Confieso que me dio tanta aprensión que sólo lo hojee.
Otro buen amigo y tocayo, haciendo gala de su habitual mordacidad, me obsequió con una obra titulada “historia del cinturón de castidad”, pura coña marinera.
Con mucho agradecimiento recuerdo dos obras que me regaló mi amigo Raúl, venezolano de pro, y que me encantaron: “Mi último suspiro”, de Luis Buñuel y “Zorba el griego”, de Kazanzakis, una gran obra.
Pero en mi corazón hay una muy especial. Conocí a su autor, Raúl Rodriguez Cetina (otro Raúl), cuando yo tenía diecisiete años y recorría Europa con otro amigo en plan mochileros. Haciendo cola para entrar en el museo Rodin, en París, conocimos a Raúl, que visitaba el viejo continente desde México. El hecho de ser paisanos nos permitió entablar una primera amistad que fue profundizando por nuestra afición literaria, si bien yo entonces no escribía más que alguna cosa suelta. Su libro, “El desconocido” es una obra tremenda, de una crudeza que aún tengo fresca en mi memoria, fruto de sus propias experiencias personales en su Yucatán natal. Raúl acababa de editar el libro con sus ahorros y tenía la enorme ilusión de consagrarse como escritor. Nos vimos solamente en aquellos días parisinos, pocos, pero después mantuvimos la amistad por vía epistolar. Fue entonces cuando me mandó dos ejemplares de su obra. Con los años llegó a ser un escritor reconocido en México, pero la vida pudo con él a golpe de whisky y cubitos de hielo.
Cuando veo su libro en mi estantería vienen a mí un sinfín de recuerdos, de conversaciones, de sueños que el tiempo se ocuparía de realizar o desbaratar a su antojo, y pienso que toda la ilusión que tenía en su obra fue, tal vez, el mejor momento de su vida.
Su carátula, su lomo, sus páginas, mantienen a Raúl vivo en mi recuerdo.
¿Y tú, te animas a contarnos qué libros son para ti inolvidables?

16 mayo, 2014
por MalditaLiteratura
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La semiótica del personaje.

Umberto Eco, en su obra “Apocalípticos e integrados” y en ensayos posteriores, trató el tema de la semiótica de los medios de comunicación, donde abordaba la simbología escondida detrás de los mensajes publicitarios y de las noticias publicadas. Yo quiero volver a poner este asunto sobre la mesa, pero centrándome en los personajes literarios.
La pregunta que me hago es: ¿se puede analizar semióticamente a un tipo de personajes y, en caso afirmativo, concluir que representan a toda una época e, incluso, que trascienden de ella adquiriendo un carácter de permanencia?
Veamos algunos ejemplos:
En la mitología griega proliferan los héroes, personas especialmente dotadas y, en la mayoría de los casos, emparentadas con los dioses, capaces de conseguir lo que no está al alcance de sus contemporáneos. Luchan entre sí, contra los propios dioses, contra monstruos y contra toda clase de seres sobrenaturales. Se les admira y envidia, pero, ¿qué simbolizan? Situemos la época. El hombre intenta avanzar en el conocimiento, pero aún tiene muchas más preguntas que respuestas. Sigue habiendo muchas zonas oscuras en las que habitan fuerzas cuya existencia conoce pero a las que no entiende, que le superan y a las que tiene que enfrentarse para sobrevivir, sin más armas que su inteligencia y su valor. En ese contexto, a las fuerzas se les “humaniza” para sentirlas más próximas e intentar comprenderlas, al tiempo que se les venera y, cuando no hay más remedio, se les combate. En estos casos, los héroes asumen la defensa del ciudadano a cambio de sumisión y recompensa. En la vida política, los aristócratas – clase dominante, los elegidos por los dioses – se identifican con los héroes para arrogarse el liderazgo natural sobre los ciudadanos.
En la edad media no se ha avanzado mucho. Los caballeros que protagonizan los relatos siguen perteneciendo a la aristocracia – una clase superior – y soportando la defensa de los siervos con esa aureola de heroicidad.
En el renacimiento se mantiene la misma estructura. En las maravillosas obras de Shakespeare los protagonistas son mayoritariamente de la nobleza. Se mantiene la estructura de poder y ésta se refleja en los textos literarios.
Cierto es que con la llegada de la burguesía a raíz de la revolución francesa, el personaje evoluciona sustituyendo la espada por la inteligencia y la astucia; pero, salvo excepciones (la maravillosa obra “Los miserables”), sigue utilizando a los privilegiados como protagonistas de sus novelas: “Orgullo y prejuicio”, “Guerra y paz”, “La Regenta”, en donde se siguen exponiendo los problemas de la aristocracia y alta burguesía sobre el “populacho”.
A partir de la segunda guerra mundial aparece un tipo de personaje (básicamente en los comics), que representa al superhéroe, dotado de una capacidad sobresaliente (física y/o intelectual) y las mejores intenciones, que va por el mundo salvando a cuantas personas corren peligro. Aquí ya no se enfrenta a dioses o criaturas venidas del averno, sino con otros seres humanos también extraordinarios, cargados de maldad y con gran aptitud para infligir daño a escala mundial, y, a veces, también con extraterrestres; en ambos casos representan los peligros a los que nos enfrenta la sociedad de su época. El personaje normalmente es de nacionalidad estadounidense, al igual que las víctimas y el lugar donde ocurren los hechos. Cierto es que también los hay de otras nacionalidades, por ejemplo, James Bond, pero son minoritarios. No buscan la emulación, sino la sumisión de las personas normales, su admiración y el sentimiento de que la justicia siempre termina triunfando. Representan el poder, en el que hay que depositar nuestra confianza. Son la proyección de una ideología (la estadounidense) salvadora del mundo por su intervención en las dos grandes guerras. En buena medida, una forma de propaganda política.
Con el tiempo esos mismos personajes han cambiado. Ya no son infalibles, ya no son un dechado de virtudes, ya sufren como los demás, pero son políticamente correctos (James Bond ya no fuma). Se ha modificado la apariencia para que sean más acordes con los tiempos actuales y nos resulten admisibles. Aún así, terminan siempre triunfando sobre el mal. El poder ya no está en manos de hombres superiores, sino de personas como nosotros, pero a los que hay que agradecer sus desvelos y su sacrificio en pos del bien común.
Pero ya no sentimos tanta atracción por estos personajes. Hoy preferimos otro tipo de protagonistas, gentes de la calle que se enfrentan a situaciones de gran tensión y riesgo, con los que emtapizamos más fácilmente, porque podríamos ser uno de nosotros. Desafían, como siempre, situaciones injustas, pero sus enemigos no son superdotados, sino personas normales y corrientes que buscan objetivos repudiables. Entrañan la lucha de cualquiera contra la injusticia que puede acecharnos en cualquier momento, en cualquier lugar, en una batalla con otros de nuestra misma condición. Implican la erradicación de seres superiores y, a un tiempo, reflejan que, más que a la naturaleza, más que a lo sobrenatural, más que a los dioses, a quienes debemos temer son a nuestros semejantes, a los que conviven con nosotros. En consecuencia, ya no necesitamos salvadores, ya no admitimos superhombres, todos somos iguales y tenemos las mismas oportunidades para el bien o para el mal. La lucha por la supervivencia se ha humanizado, se ha popularizado y, mayoritariamente, se ha urbanizado.
En síntesis, cada época tiene sus personajes, con los que evidencia sus valores y sus temores. Con ellos se nos adoctrina y en ellos se nos ofrece una guía para la supervivencia, física o emocional.
Aquí lo dejo, con la confianza de que te animes a dar tu opinión al respecto.